Cortesía:
Oficina Relaciones Públicas y Comunicaciones. Universidad Jorge Tadeo Lozano. Bogotá, Colombia.
Foto: Laura J. Ardila M.

En el acto de diseñar, hay algo de eterno retorno continuo, de ir y venir de nuevas preguntas para viejas respuestas, o de nuevas respuestas para viejas preguntas; en medio del proyecto repentinamente un texto reclama otros contextos, y un contexto demanda inéditos textos; encuentro muchas similitudes entre el diseño y la magia; y entre los diseñadores industriosos y los magos hábiles; es propio anotar que publico este texto para corresponder al amistoso hechizo de uno de ellos, Ignacio Urbina, un mago del diseño: amigo, te agradezco invitarme a contribuir en este espacio para conectar el diseño industrial con tantas y tan fascinantes cosas.

He aquí mi primera conexión

El jueves 7 de marzo de 2013, en el Auditorio Fabio Lozano de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, asistí a un evento que resultó profundamente significativo para mí, una conferencia de Michel Maffesoli, profesor y sociólogo francés, quien en sus dilatadas carrera y obra académicas ha reconocido una y otra vez el valor de la cotidianidad y del conocimiento ordinario, con tanta frecuencia proscritos por la seriedad de tantos ‘modernos’ empecinados en resaltar la superioridad de la razón sobre los sentimientos. Escuchar a Maffesoli y reconocer un ser humano que capta con belleza la profundidad de la superficialidad son la misma cosa: el intelectual a quien además debemos la profusa difusión del concepto de “tribu urbana”, aporta una y otra vez valiosas consideraciones sobre los imaginarios, la imagen y la imaginación.

Son muchos los aspectos por los cuales me resultó tan entrañable y sobrecogedora la prolongada charla, cerca de tres horas, entre 4 de la tarde y 7 de la noche. Nombraré apenas algunos: como la extraordinaria traducción, fiel incluso en gestos y cambios de entonación, del profesor y antropólogo colombiano Fabián Sanabria, a la fecha director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). En realidad de Maffesoli escuché el francés que comprendo poco, pero en virtud de la intermediación lingüística de Sanabria dimensioné los detalles de la ponencia; en segundo lugar, y lo digo casi con llanto docente asomando a los ojos, por el lamentable espectáculo de infinidad de estudiantes jóvenes, mujeres en su mayoría (me ciño a lo que vi, y para quien me tilde de machista cabe agregar que tengo un magíster en estudios de género) quienes apenas si se sentaron un rato e impávidos ante, y probablemente desconocedores del oficio del sabio, estuvieron dedicadas a usar sus teléfonos ¿inteligentes?, y a murmurar entre sí para abandonar la sala apenas pudieron (lo del llanto docente digo porque su desatención a la charla es indicador del fracaso de la vida académica actual que con frecuencia sólo connota aburrimiento); el tercer aspecto para valorar la ocasión (y acaso el que más me hizo disfrutarla) fue estar acompañado durante ella de un grupo de estudiantes y egresados de diseño gráfico e industrial, como, entre otros, Diana Franco, Angie Palacios, Lina Pérez, Carolina Guevara y Luis Camilo Espinosa quienes, a diferencia de sus contemporáneos escapistas permanecieron atentos a la charla (quiero creer que más por estar inmersos en ella, que en razón de sentirse obligados por estarla observando en mi profesoral compañía) y consigno sus nombres porque con seguridad para estas personas y sus seres queridos será significativo leerlos.

En algún instante, cuando Maffesoli vía Sanabria nos ilustró sobre las bondades del retorno de lo mágico en este mundo posmoderno, dejé escapar uno de esos comentarios relámpago comunes entre asistentes a un auditorio (para molestia de otros asistentes al mismo lugar), y dije a Camilo Espinosa, algo como: “qué curioso, también yo relacioné alguna vez diseño con magia”, miento cuando narro que alguien me espetó un chitón para silenciarme, pero cual si lo hubiesen hecho me perdí una fracción de segundo, y evoqué otros tiempos, cuando tuve una columna ciberespacial en la revista colombiana proyectodiseño; la denominaba En Abstracto, la fecha exacta me esquiva, pero lo cierto es que aquí Maffesoli y Sanabria se bajan del reparto.

Como sea, fue a comienzos de 2002, vino a mi mente un texto relacionado que quizás aún estaba haciendo polvo virtual en los discos duros de un portátil que ya no uso. Apenas volví a casa, escarbé en las entrañas de mi más viejo computador, buscaba una columna de la versión 2.0 de aquel En Abstracto hace más de una década retirada de la web.

Por cierto, tuve éxito en mi pesquisa, y esto fue lo que encontré:

“Hace milenios, cuando la humanidad habitaba aún la Tierra, existió en la esquina de un remoto continente un país cuyo nombre ha sido olvidado. Poseía exuberantes climas y recursos naturales. Sus laboriosos habitantes habían construido grandes ciudades sobre las montañas, granjas en los campos y enormes fábricas. Pero una maldición los agobiaba.

“Desde épocas inmemoriales soportaban el azote de una guerra espeluznante y fratricida. Y aunque anhelaban parar la efusión de sangre, los demonios impulsaban las armas y la matanza proseguía entre disparos y bombas. Ni siquiera los más diestros jefes políticos o religiosos podían detenerla. Y más aún su concurso parecía empeorarla.

“Los desesperados ciudadanos respiraban, comían y reían violencia. Hasta que surgieron los magos. Herederos de las prácticas de lejanas tribus que vivían cruzando el mar. Dominaban las tres dimensiones para conformar cualquier objeto con la capacidad de comunicar ventajosa información, y reportar beneficio, deleita y comodidad a quien lo usara.

Sectas

“Como todo entonces, ellos estaban asimismo mágicamente divididos. Por un lado, los magos duros afirmaban controlar su creación y hacer que la muchedumbre usara los artefactos según sus designios. Por otra parte los magos blandos, dialogaban y aceptaban la influencia en ellos y en su obra de la gente común. Los blandos culpaban a los duros por hacer incomprensible lo obvio con oscuras teorías; los duros se defendían ridiculizando a los blandos por sus conjuros triviales y acusándolos de revelar detalles iniciáticos de los objetos a los ciudadanos profanos quienes carecían de criterio para apreciarlos.

“Cada bando estaba a su vez subdividido.

“Algunos aspiraban a mejorar la calidad de vida popular. Otros hacían cosas admirables tras profundas investigaciones pero su vanidad les impedía divulgarlas como era debido.

“Todos los magos buscaban generar cultura. Unos confeccionando objetos que favorecieran nuevos usos y conductas, otros escrutando comportamientos positivos de la ciudadanía para plasmar la curiosidad colectiva en productos adecuados a tal fin. Éstos combinaban expectativas mágicas y problemáticas verídicas para desarrollar piezas sencillas con función práctica y cultural. Aquellos soñaban con realzar el producto mismo hasta darle una cualidad formal y funcional más allá del material que cubriera la demanda interna y fuera exportado a las tribus vecinas.

“Por desgracia pocos magos sabían negociar y así tenían menos dinero que otros clanes, a la sazón más poderosos en aquel país. Además, cierta incapacidad para descifrar la psicología popular los apartaba del protagonismo y la política.

“Un día los magos Blandos y los magos Duros decidieron zanjar pacíficamente su disputa e iniciaron un duelo reflexivo sobre las artes mágicas que esperaban fuera de beneficio general. Un precepto lo resolvió todo: ¡Fue prohibido irrespetar al contrario!

Humor y amor

“Al librarse del escepticismo y recrear el futuro, los magos (¡y las magas!, que las había muchas y muy buenas) detectaron que cada representación individual de la experiencia humana estaba sometida a los lujos o a las restricciones del entorno, según los criterios de la personas que la establecía, acorde a los significados que le atribuía. Si nuestra gente en la comarca —razonaron los magos— actúa según los símbolos a través de los cuales aprende, entonces la violencia se origina en la falta de referentes claros debidos a tantos significados contradictorios y nociones foráneas inadaptadas.

“Era presumible, pensaron, si hacían persuasiva su creación y le inyectaban humor y amor, para comunicarla a otros, que podrían recuperar la salud desviada del alma nacional. Para invertir la tendencia conflictiva proyectarían sus objetos atendiendo a las emociones, las razones y el temperamento de todos, desde barrenderos y niñeras hasta presidentes y cardenales. Eso ayudaría a reconfigurar los hábitos y eliminar las peleas, la depredación de los bosques y el vandalismo con el mobiliario público.

“Después los magos se inspeccionaron a sí mismos. ¿Qué hemos conseguido?, se preguntaron, para responderse: dominamos una colección de procedimientos de construcción de objetos que nos suministran parámetros de conducta. Cada uno de nosotros apropió las doctrinas de sus maestros más admirados y las integró en su plan de trabajo. Tenemos un conjunto de expectativas que nos señalan los rumbos a seguir. Nuestras escuelas y empresas de magia han desarrollado (según su experiencia y filosofía particulares) explicaciones de cómo funciona el mundo que usamos al proyectar y crear objetos en el ejercicio aficionado o profesional, puro o híbrido, de la magia. Así hemos reunido un conocimiento sólido que usamos como marco de referencia en las soluciones mágicas que materializamos.

“Sin embargo —reconocieron con franqueza—, los magos tenemos vicios corporativos. Aunque nos brinden ayuda, somos reacios al diálogo con quienes desconocen nuestro oficio. Discriminamos a las personas del común, a los que incluso despreciamos como no magos y si nos piden cuentas por resultados erróneos del uso de la magia hacemos ascos de su opinión o nos justificamos con formulas mágicas inaccesibles para sus discernimientos.

Cooperación

“Al aceptar su falta, de repente los magos asumieron su responsabilidad histórica. O mejor, su destino. Los más perspicaces dictaminaron que la población continuaría desconfiando de la magia mientras siguiese ignorándola (o fueran alejados de ella por los propios magos); en contraste, si el vulgo se familiarizaba con el lenguaje mágico, y aprendía a hablarlo y a vivirlo, los conjuros de magia serían acogidos en toda la aldea social, por chicos y grandes.

“Tal deducción los llevó a solucionar sus discrepancias y concentrarse en desnudar al público las maravillas de la magia. En consecuencia modificaron su discurso hasta hacerlo evidente e inclusivo para la mayor cantidad de gente. Contrariamente a lo que los venerables magos duros habían creído, al obrar así, y al permitir que todos emplearan, modificaran y practicaran los hechizos subió el prestigio de la magia y las personas requirieron y estimaron más los artefactos mágicos. Eso permitió robustecer sus empresas de artes mágicas con capital para investigar y desarrollar nuevos productos maravillosos que fueron apreciados incluso en sociedades extranjeras.

“Pronto los ciudadanos amplificaron el mensaje mágico y éste se tornó habitual en los espacios masivos de comunicación. Al notar eso los máximos dirigentes nacionales se apresuraron a contratar magos como asesores.

“Y diversos grupos se unieron al movimiento renovador. Hubo magia por doquier.

“Las políticas resultantes de la labor conjunta entre magos profesionales y magos cotidianos (pues de improviso advirtieron que todos los seres humanos tenían poderes mágicos o podían desarrollarlos) propiciaron innovadoras relaciones entre los humanos y sus talismanes mágicos de uso ‘rutinual’ (una mezcla de rutina y ritual) los cuáles fueron traducidos en vínculos más cálidos entre los propios humanos. La injerencia de los magos ya libres de sus viejas presunciones, generalizó el respeto hacia los artefactos mágicos y contribuyó a coordinar enormemente la gestión colectiva, pronto todo el mundo incorporó trucos mágicos a su quehacer.

“Pese a ello la violencia subsistió y sobrevino una larga lucha por la paz en la que los magos enfrentaron nuevas batallas. Felizmente también en ellas salieron victoriosos, y al final todo fue felicidad pero el relato no dice cómo. Lo que da igual porque todo se reduce a la especulación del autor. ¿Verdad?”

***
Así concluí mi historia de antaño (la número 4 de aquella serie), alimentada sin duda por mis lecturas del profesor José Luis Ramírez González; años después no sólo encontré más magos, como Klaus Krippendorff, Richard Buchanan o Ignacio Urbina Polo, sino que poco a poco también yo aprendí magia; así, es bueno saber que tales hechiceros existen, y a propósito qué bien se siente participar para hacer magia aquí.