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I
El Talismán

Tengo un teléfono móvil, un celular como es universalmente conocido en Venezuela. Pero como la vaca lechera, no es uno cualquiera. Tiene muchas funciones, mas allá de permitirme hablar por teléfono y enviar mensajes de texto. Tiene una cámara de definición respetable, se conecta a la red, y logro además, gracias a él, un plus existencial: pertenecer (a un grupo de WhatsApp). Mi coeficiente intelectual es irrelevante, porque mi teléfono es inteligente; sabe hacer muchas mas cosas que yo. Me da algo, independientemente de mi estrato social, que no aparece enunciado entre sus funciones, pero que de alguna manera todos aprecian (y no solo en la publicidad): estatus.

II
El móvil del delito

Ahora bien, cargar con este artilugio cada vez más parecido a una delgada rebanada barnizada de pumpernickel petrificado puede poner en riesgo mi vida, o -en el mejor de los casos- la relación de propietario que tengo con este peluche con el que he desarrollado una entrañable relación de arraigo; al menos en este país. Tomemos en cuenta que su versión mas reciente puede representar apenas poco menos de tres años de trabajo para quien devenga salario mínimo. Recordemos que yo quizás no podré adquirir vivienda ni vehículo, pero uno de estos sí podría estar a mi alcance.

Si aquí hubo quien perdió la vida por un par de zapatos Nike, ¿qué vale ésta al lado de un iPhone o un Galaxy de última generación? No quiero renunciar a la vida, pero tampoco a este mágico monolito de bolsillo que tanto me representa. Se me ha ocurrido una estratagema: habré de adquirir un celular barato, será el que use; el otro solo será para pasearlo. Al fin y al cabo también es mi mascota.

III
Ese obscuro objeto del deseo

Un viejo amigo, hoy dedicado a la curaduría de las artes, solía reiterarse en una anécdota sobre Andy Warhol que lo describe paseándose por Manhattan con un ceñido collar copiosamente atestado de diamantes agazapados debajo de una frondosa cuello de tortuga. La anécdota de ese secreto que hacía feliz a Warhol hacía feliz a mi amigo. Bien, si mi celular es mi Tiffany, yo seré su Warhol. Cuando llamen y me encuentre en la calle no lo atenderé. Menos aún lo muestro si no estoy en casa o a buen resguardo.

IV
“First principles, Clarice. Simplicity. Read Marcus Aurelius” – Hannibal Lecter

Últimamente me ha dado por cavilar si toda esta rutina vale la pena. Al fin y al cabo, la empresa Punkt acaba de sacar al mercado el MP01, un celular ¡básico! salido del taller de maravillas esenciales de Jasper Morrison. Así que con extravagante frugalidad resulta posible obtener estilo con un retorno de alta factura -en ambos sentidos de la expresión- a la sencillez, ya que este tapa amarilla sueco cuesta unos trescientos de los verdes.

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Teléfono móvil MP01, diseñado en 2015 por el británico Jasper Morrison para la empresa suiza de productos electrónicos Punkt.

 


El móvil es el mensaje

Reza el sentido común que cuando todo es especial nada en realidad lo es; así que quizás nuestra vaca lechera en efecto no sea otra cosa mas que una vaca cualquiera; pero como tal, una que sin duda es ubicua, que el celular inteligente llegó para quedarse. Si el medio es el mensaje como afirma McLuhan, la Aldea Global ha conseguido en el móvil inteligente su medio quintaesencial, y por tanto su mensaje: hablamos cada vez menos con quien está en frente, mas bien lo ignoramos para chatear con quien se encuentra al otro extremo de la línea. No vemos el acto local de la gira de nuestro grupo preferido, lo grabamos o fotografiamos in situ para regurgitarlo mas tarde y así poder rumiarlo hasta la náusea. Asistimos a exhibiciones y viajamos a lugares remotos que conocemos por las fotografías para exhibirnos en las fotografías de lugares remotos y exhibiciones. La vida se ha vuelto un acto de impenitente registro perpetuo, un archivo a ser comprimido desde las cuatro dimensiones de la realidad a las tres del tándem pantalla/tiempo. Así como Aureliano Babilonia logró “descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a si mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado”; nos ha tocado un contrapartida perfectamente simétrica, una época en la que los momentos se extravían en el acto de querer perpetuarlos encriptándolos en números binarios. Según Borges y yo se nos vuelve la vida “una fuga y todo (…) es del olvido, o del otro”, solo que en este caso el alter ego es un artefacto inteligente.

VI
El gadget como alhaja

Mas allá de sus funciones -que se irán progresivamente universalizando y banalizando al volverse el estándar- me atrevería a pronosticar que el destino del móvil inteligente será el mismo que el de los relojes de pulsera. Todos dan la hora, y al darla, son todos igualmente competentes, desde el mas económico hasta el mas extravagantemente costoso; de manera que su precio puede oscilar entre una bicoca y ¡una bicoca! Algunos vienen acompañados por un sinnúmero de cronómetros que rara vez alguien usa. Y sin embargo -¡atención Nokia!- lo que salvó a la industria relojera suiza fue un producto masivo relativamente económico, el Swatch. No en balde Apple, Samsung y todas las otras, para llevar el pulso de nuestro tiempo, llevan un buen rato apostando por el próximo gran móvil inteligente que no será otra cosa que… un reloj de pulsera.

Hemos presenciado una vez mas cómo un dispositivo migra, conceptualmente hablando, a la condición de joya. No obstante y a contracorriente de otros casos, cuanto mas compacta es nuestra piedra preciosa, mas deseable resulta (aun cuando, como sucede en esta geografía, se oculte). Y todavía en el mundo profesional del diseño industrial se desestima, muchas veces con abierto desprecio, el para nada deleznablemente lucrativo concepto de styling. Displicencia ésta evidentemente no compartida por la industria.

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El Apple Watch es el reloj inteligente y compacto de la Apple.

VI
Catalejos en hibernación

La excepción que confirma la regla es Google; el gigante de Mountain View le ha apostado más bien a un par de anteojos. Tras su exitoso lanzamiento inicial, la comercialización de Google Glass se encuentra actualmente en un hiato. Llegados a este punto, luce oportuno recordar que el cerebro humano se desarrolló a la par de las manos, es decir, la computadora se desarrolló junto al robot, o si se quiere, la herramienta hizo al procesador y este a su vez desarrolló la herramienta. Esta es la gran singularidad de nuestra especie si descontáramos la bipedestación y el lenguaje. Estas gafas prescinden a todo efecto práctico y literalmente del uso de las manos que nos sacaron de la orfandad e indefensión primigenias, catapultando nuestra evolución. Ahí entrego esta aventurada explicación del por qué, a poco mas o menos un año de su lanzamiento, Google haya suspendido su comercialización masiva y no provea al público mayor información acerca de este producto.

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El Google Glass o “GLΛSS” es un dispositivo de visualización de realidad aumentada desarrollado por Google, que se utiliza como anteojo.

VIII
Diálogo / Epílogo

Casi fracturo el pulgar de mi mano izquierda contra el botón de redial de tanto percutirlo. Llamaba a mi tía para avisarle que, por razones de fuerza mayor, no me sería posible llegar al concierto al que me había invitado. Fútil, solo logré escuchar repetidamente la consabida voz femenina, entre satisfecha y anestesiada, participándome que “el subscriptor que usted ha llamado no puede ser localizado; intente su llamada mas tarde”.

Apenas fue al día siguiente cuando logré intercambiar palabras con ella, ya no -obviamente- para ponerla al tanto, sino para darle una explicación. Al progresar la conversación pronto me percaté de que ella estaba mucho menos descompuesta por mi ausencia que por el transporte del cual se vio privada. No fue esto, sin embargo, óbice para que dejara de valerse del tono taxativo, rítmico e intransigente que suele emplear para dejar en claro manifiesto su inapelable disgusto:

– ¡Me has debido avisar y no dejarme embarcada!
– Tía te estuve llamando insistentemente por mas de dos horas.
– ¿A la casa o al celular?
– Primero a la casa, pero cuando entendí que ya habrías salido, al celular.
– ¡No me vengas con eso mijito! ¡Tú sabes muy bien, porque te lo he dicho ya antes, que yo ese celular tan caro nunca lo atiendo cuando estoy en la calle!