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Algo se está cocinando. El aroma surge de un instrumental lleno de formas, materiales, configuraciones y propósitos, con el resultado de una poderosa combinación que aborda y domina el sentido del olfato, para inmediatamente contagiar el gusto. La experiencia multisensorial en la cocina, solamente es comparable con el espectro sonoro que inunda el espacio acústico de la señal que produce un instrumento. O con el delicioso vértigo que causa ese primer momento, cuando ya no hay vuelta atrás, que la tabla desciende de la cresta, impulsada casi sin control por el peso del cuerpo, deslizándose en los bordes de una masa de agua en movimiento. O con la vivencia de la ciudad, plasmada en la experiencia urbana, donde confluyen finalmente, junto a las ideas, lo que ocurre con la gente.
Es simplemente la transformación de lo que vemos, sentimos y pensamos, movidos por lo que otros ven, sienten y piensan.

Ese olor de harina de maíz que provenía del horno, impregnado en los utensilios, muebles y corredores de una casa colonial en la ciudad de Coro de algún tiempo, solamente podían surgir de las arepas moldeadas en las maravillosas manos negras y muy blancas de Máxima: una pequeña figura de mujer que siempre fue viejita y que estuvo siempre haciendo arepas junto a todas las tías, dominando la parca e inteligente conversación de pocas palabras que allí se mantenía, en el ambiente fresco de aquella casa colonial de la familia.

En ese lugar, de forma pasajera, un territorio caluroso en la llanura que nace de las faldas de la Sierra de Paraguaná, de donde provienen los genes de una familia que habita por esos parajes hace más de 200 años, se cocinaron las primeras impresiones urbanas, sencillas y escasas, que formaron parte fundamental en la compresión de este país.

Al mismo tiempo, el paisaje montañoso de los altos mirandinos fue un escenario privilegiado que disparó las conexiones que hoy viven en la sólida y difusa idea del pasado. En las clases de matemática de Sarita Mendoza o en el taller de color con Mercedes Pardo y Samuel Baroni de la Escuela Comunitaria, se pasaban los días que, vistos desde ahora, parecen lejanos y borrosos. Los poemas de Orlando Araujo se confundían en los jardines y laboratorios del IVIC, donde correteábamos sin advertir aún lo que allí se construía, se investigaba.

Caminando hacia el pueblo de San Antonio de los Altos, atravesando el cementerio, la casa de los Córdova. Muy presente con los altos ventanales interrumpidos por un gran vitral de Ligia, la arquitectura de Fruto Vivas revelaba una singular construcción. Y muy cerca, donde pasamos largo tiempo entre conversaciones y desmanes, el Módulo de fibra de vidrio en casa de los Castillo, ícono de Ipostel diseñado por Jorge en los setenta, fue también una importante referencia.

Sin la conciencia de una modernidad presente, aparecían, en espacios cercanos, conocidos y familiares, muebles y objetos muy pocos de manufactura local y otros que provenían de países lejanos. En los sesenta, cuando nuestros padres, aún de cabeza tibia, buscaron el arraigo en montañas tranquilas, llenaron la arquitectura con estos corotos, diferentes, elegantes, robustos. Luego comprendí que simplemente estaban bien diseñados.

¿Y el diseño?

En los pasillos del Liceo San José había una mezcla entre partidas múltiples de ajedrez con el padre Jorge Losch, a quien le decían Puyula, y una muchachada que escuchaba Rock. Recuerdo la voz de Jesús Sevillano y la guitarra del maestro Alirio Díaz, siempre matizadas por la fiebre de las patinetas y el surfing, una suerte de estética ‘californiana’ criolla.

En plena aparición de ese movimiento barroco pero alucinado de los ochenta, el postmodernismo cuestionaba todas las imágenes, los objetos y las maneras, mientras seguían solventes las ideas de la buena forma en entornos pre-digitales. Era una plataforma de enseñanza débil, pero llena de gente con ganas de construir cosas, de diseñar. Con mucha suerte – “encuentro entre la oportunidad y la capacidad” – , un cambio en el decorado: la inmersión completa en los trajines del diseño de producto, en la ingeniería del proyecto, una playa con buenas olas y en medio de la agitación de un país que despertaba de 20 años de silencio. “La alegría no era solo brasilera”.

De allí en adelante, lo que fueron al principio imágenes y referencias, se convertirían en los puntales del trabajo diario, de las decisiones sencillas, del pensamiento complejo, del proceso.

Las personas, los lugares, los objetos

La ideas surgen de la gente y sobreviven en los territorios que, montadas en la topografía de cada objeto o simplemente como ideas, van creando los centros de una masa amorfa de identidades. Son las influencias en el tiempo. “Todo al mismo tiempo, ahora”.

Juan Félix Sánchez, Sara Mendoza, Virgilio Urbina, Coro, Alejandro Otero, Renault, Andrés Eloy Blanco, Curitiba, Lego, Quinteto Contrapunto, Sato, Antonio José Urbina, Nueva York, Aquiles Báez, Marcelo Resende, Benotto, Macagua, José María Torres, Domingo Álvarez, Mercedes Gadner, Nike, Gui Bonsiepe, Luis Manuel Carbonell Adícea Castillo, Cuyagua, Armando Córdova, Petete Lizardo, Bauhaus, Claudio Mendoza, Eduardo Barroso, Frog Design, Carlos Calderón, Federico Hess, UCV, Mercedes Polo, Bob Marley, Frei Otto, Marcel Erminy, Enzo Mari, Caetano Veloso, Caracas, Camilo Urbina, Prodiseño, Jerry López, R. Loewy, Álvaro Sotillo, Buckminster Fuller, Rio de Janeiro, Joaquín Urbina, Cabrujas, Gabriela Caraballo, Chichiriviche, Polar, Claudia Mauro, Ray Bradbury, Yes, Leonardo da Vinci, Diego Urbina…

Solamente es posible mirar el futuro como el resultado inevitable de la suma de fuerzas, ideas y átomos del pasado. Y es ahora, en el presente, cuando esta poderosa energía mueve nuestras acciones, algunas por decisión individual y otras por influencia absoluta, aunque no queramos aceptarlo. Las referencias son simplemente ‘atractores’ que ejercen influencia, con o sin conciencia.

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Información

Publicado en julio de 2012 por la Revista Mono en la edición Influencia.
Ignacio Urbina Polo
Caracas, Venezuela