Ya no es posible obviar lo que está ocurriendo con la aparición de las tecnologías de impresión tridimensional digital, con el 3D Printing. El cambio en los modos de producción representa un importante giro en la manufactura de bienes de consumo y de capital: la producción masiva desde lo individual. Chris Anderson, el editor de la Revista Wired, la llama la Nueva Revolución Industrial (The New Industrial Revolution), en su libro Makers, donde apunta la necesidad que tienen las economías en el mundo de producir objetos físicos para mantener y fortalecer su parque industrial.

Son muchas las conexiones, terrenos, incógnitas y oportunidades que surgen con este nuevo paradigma para la producción de artefactos. En las primeras capas de esta masificación de la producción, los resultados aparecen con la experimentación de materiales tradicionalmente utilizados para la elaboración de objetos: plástico, madera, metales, etc. Pero ya comienzan a surgir aplicaciones más concretas como en la medicina o en el mobiliario, y por supuesto en la elaboración de modelos y prototipos en el desarrollo de productos. Últimamente hemos visto infinidad de experiencias en el traslado de los conceptos del 3D Printing a los alimentos, a la comida.

Así es como surge El Sugar Lab: una empresa fundada por el equipo de arquitectos Liz y Kyle von Hasseln en Silver Lake, California. Este Laboratorio de Azúcar comenzó con una anécdota, cuando la pareja tuvo que producir una torta de cumpleaños para un amigo. Con una formación en arquitectura y una conexión con la geometría, se aprovecharon de una impresora 3D para producir complejas geometrías personalizadas en azúcar.

Definitivamente no se trata de comprar una máquina de 3D Print y hacer comida. Los diseñadores de estas piezas, efímeras y comestibles, recientemente consiguieron una invaluable experiencia mientras eran estudiantes de postgrado en la Southern California Institute of Architecture (SCI-Arc). Phantom Geometry fue el nombre del proyecto de Tesis de Master, donde la pareja desarrolló un trabajo de generación continua de modelos geométricos con el uso de impresión digital, resinas fotosensibles y robots

La empresa experimentó imprimir azúcar refinada en una solución de alcohol de alta concentración, para formar figuras con detalles microscópicos, pero el proceso para la elaboración de estas formas que vemos aquí es simplemente azúcar y agua. Azúcar cristalizada con agua. Cada terrón de azúcar diseñado pretende que sea totalmente personalizado. The Sugar Lab es una empresa que se dedica al ‘micro diseño’, al mismo tiempo que presta servicios de impresión 3D.


Junto a la gastronomía molecular, esta idea de la impresión digital está transformando la manera en que se crean y disfrutan de alimentos gourmet y creemos que se irá incorporando gradualmente en la comida de todos los días. Pero, ¿cuál será el beneficio de este esfuerzo formal frente la producción de cubos de azúcar o las dosis en pequeñas bolsas de papel?

Desde la aparición del cubo de azúcar, miles de formas han surgido. Desde las más triviales como estrellas y corazones, todas responden al mismo propósito de la dosificación. A principios del siglo XIX, todavía en Europa el azúcar casero se vendía en grandes terrones marrones del tamaño de un pan y había que partirlo en pedazos para su consumo. La idea de producir un cubo de azúcar surgió también de una singular anécdota. La esposa del emprendedor Jacob Christoph Rad, director de una compañía de azúcar en Moravia (en la antigua República Cheka), se cortó un dedo tratando de partir uno de esos grandes trozos de azúcar. Ese mismo año de 1840 el inventor nacido en Suiza, desarrollo un proceso que permitió obtener finalmente una patente para la fabricación de cubos de azúcar en 1943.  Henry Tate, de la empresa Tate & Lyle, fue otro fabricante principios de terrones de azúcar en sus refinerías en Liverpool y Londres.

Colección de empaques ‘vintage’ de cubos de azucar.
Arkadia & Co.. Foto: Michael Grimm

Los cubos de azúcar se convirtieron en el ícono de la dosificación. Owsley Stanley, una importante figura de la Counterculture de los 60′ en la bahía de San Francisco, llegó a producir masivamente y de manera individual más de un millón de dosis de LSD en cubos de azúcar. El propio Timothy Leary, un psicólogo americano y entusiasta del uso de drogas psicodélicas como el LSD para fines terapéuticos y espirituales, daba conferencias en los años sesenta sobre el uso de los cubos de azúcar impregnados con ácido, como aparece en el artículo Who Made That Sugar Cube?, publicado en el New York Times en 2012.

Esculturas de Brendan Jaminson

Como curiosidades, otras manifestaciones conceptuales y formales, que utilizan azúcar como material, han surgido en la escena. Así es el trabajo arquitectónico del escultor irlandés Brendan Jamison, que utiliza cientos de cubos de azúcar para crear paisajes urbanos azucarados. Algunas propuestas un poco más intensas y probablemente menos ridículas aparecen simplemente modificando la forma, como esta osamenta dulce para el café. Una metáfora válida para los millones de detractores del azúcar.

Skull Sugar.
Foto: Olesya Turchuk. Diseño: Snow Violent. Modelo y prototipo: DR.HC y Hjørdis

La industria del azúcar no es baladí. La producción azucarera en el mundo sobrepasa las 160 millones de toneladas por año. Un persona promedio consume 24 kilogramos de azucar cada año (33.1 en los países industrializados), equivalente a 260 calorías de comida por día. El azúcar provee energía pero no nutrientes, calorías vacías. En las últimas tres décadas el azúcar natural y refinada ha tenido fuertes competidores. El Espartam (alias aspartyl-phénylanine-méthyl-ester) se detuvo a partir de 1990 con la disminución del interés y la moda de los consumidores por los productos pobres en calorias. Lo mismo ocurrió con la Sacarina (alias acido orto sulfimidico benzoico) que se ha visto disminuida debido a las dudas que subsisten sobre los efectos indeseados que provoca a la salud. Por suerte, otras formas menos dañinas de edulcorantes ha aparecido en el mercado.

Nos parece interesante este trabajo del Laboratorio de Azúcar donde se combina, en un producto de consumo masivo, el impacto del diseño en la producción de alimentos, con las consecuencias económicas de su dosificación. La implementación de las nuevas tecnologías en situaciones extremas y con abundantes recursos para investigación y desarrollo, como en el proyecto Food Printing financiado por la NASA para los alimentos de la tripulación en vuelos espaciales, abrirá paso a la transformación definitiva de las costumbres. La materialización de la vieja ficción sobre la ‘comida en pastillas’ en la belleza de las formas.

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Información

The Sugar Lab | 3D Printed Sugar
www.the-sugar-lab.com