Tecnología con Tacto

“We like Design to be forceful. We do not like limpy design. We like Design to be intellectually elegant – that means elegance of the mind, not one of manners, elegance that is the opposite of vulgarity. We like Design to be beyond fashionable modes and temporary fads. We like Design to be as timeless as possible. We despise the culture of obsolescence. We feel the moral imperative of designing things that will last for a long time.”
— Massimo Vignelli
A lo largo de mi experiencia como educador en diseño de producto, he observado con atención la relación entre diseño y tecnología, y la tensión que se genera entre ésta, la ingeniería, la innovación y la belleza. Es evidente que la tecnología forma parte del sistema de valor contemporáneo del diseño industrial, asumida como un paradigma que promete facilitar la vida, hacerla más eficiente y disfrutable. Pero, en la práctica, este paradigma de “hacer las cosas inteligentes” a veces genera más fricción que conveniencia. Uno de los colegas que está generando una crítica especialmente interesante es Marco Guadarrama, quien, como parte de su investigación, cuestiona el uso del término “inteligente” —o “smart”— como aspiración en el imaginario de la “casa inteligente”, donde la tecnología media muchas de nuestras experiencias cotidianas en el hogar.

Para Marco, digitalizar el hogar no necesariamente lo vuelve más inteligente. Si no cuestionamos las consecuencias de introducir tecnología en nuestros espacios domésticos, corremos el riesgo de perder valores humanos y relacionales que han estado presentes durante siglos: actividades que requieren tiempo y cuidado, como el aseo del hogar; momentos que unen a los habitantes, como reunirse alrededor del fuego; o gestos íntimos y personales, como marcar la estatura de tus hijos en la pared de la cocina.
Todas estas situaciones ya son ‘inteligentes’ por sí solas. No necesitan más tecnología.
En la tradición budista, limpiar no es solo mantener el orden del espacio, sino despejar la oscuridad del corazón. No sé si mi Roomba me quite esa oscuridad del corazón, sinceramente.
El problema es que no todos los diseñadores piensan como Marco. Aún hay muchos que siguen viendo la tecnología como el único diferenciador de valor, incluso por encima de la belleza. En los casos más extremos, la tecnología se convierte en un gimmick, un artilugio superficial que toma prestado más de la ciencia ficción que de la vida doméstica.
El Tesla Cybertruck es un ejemplo claro de lo que sucede cuando dejamos de cuestionar el lenguaje visual y emocional de nuestros productos tecnológicos. Como diseñadores industriales, debemos resistir esa tendencia. El diseño —a diferencia de la ingeniería o la ciencia— es una disciplina que debe integrar usabilidad, emoción y belleza. Nuestro trabajo ocurre en el espacio entre los sistemas tecnológicos y la experiencia humana.
Personalmente, prefiero que la tecnología se sienta invisible—más cercana a la magia que a la maquinaria. Debería estar integrada con sutileza y elegancia, retomando la idea de Massimo Vignelli sobre el buen diseño: integrar tecnología de manera intelectualmente elegante, opuesta a lo vulgar, lo obvio y lo estruendoso.
Por eso, los diseñadores debemos aprender a usar la tecnología no como un atributo, sino como un material. Un material que puede moldearse emocionalmente, sensorialmente y semánticamente.

Como educador, creo que es fundamental generar herramientas para que los jóvenes diseñadores puedan poner en práctica estas ideas, sobre todo cuando el programa pide explícitamente productos de base tecnológica. En mi experiencia, hemos tratado de utilizar el brief como una herramienta pedagógica: utilizando sus restricciones de manera estratégica para que impulse al estudiante a pensar de forma distinta. Cuando era profesor en el Tec de Monterrey, junto con los estudiantes exploramos la tecnología como material en el proyecto Puros Circuitos. Ahí, motivamos a los alumnos a diseñar productos tecnológicos con el circuito impreso como punto de partida. Los objetos resultantes no requerían carcasas ni envolventes: eran sistemas desnudos que, además de tener una función poética o esotérica, demostraban (sobre todo a nuestros colegas ingenieros del Tec) que los diseñadores no solo hacemos ‘cajitas bonitas’.
El semestre pasado, ya como profesor asociado en el Departamento de Diseño Industrial de Pratt Institute, tuve la oportunidad de seguir explorando este enfoque colaborando con la profesora Rebeccah Piles-Friedman, quien me invitó a diseñar un brief para que los estudiantes crearan productos tecnológicos enfocados en el hogar.
Al pensar en ese brief, recordé uno de los principios de Dieter Rams, que dice que un buen producto debe comportarse como un mayordomo inglés: útil, discreto, siempre disponible, y que se mimetiza con el entorno cuando no se necesita. ¿No debería funcionar así la tecnología?
De ahí surgió el concepto de Tecnología con Tacto. No ‘tacto’ en el sentido táctil o de haptics, sino en el sentido de delicadeza, discreción, tino y consideración. Es decir: hacer lo correcto en el momento adecuado, incluso cuando la situación es compleja o emocionalmente delicada.
La tecnología con tacto es sensible. Escucha antes de hablar. Entiende el contexto. Respeta nuestros límites emocionales. Como en una buena conversación, sabe cuándo estar presente y cuándo hacerse a un lado. No interrumpe; se integra. No busca destacar; participa.
Tener tacto es mostrar cuidado en situaciones delicadas, sutiles o profundamente personales. En diseño, el tacto implica crear interacciones que reconozcan el estado emocional del usuario, el contexto social del objeto y los ritmos de la vida cotidiana. Se trata de decir o hacer lo correcto, de la manera correcta, en el momento justo.
Guiados por este principio, invitamos a un grupo de estudiantes de licenciatura en Pratt a diseñar y fabricar productos tecnológicos para el hogar que no solo fueran útiles, sino que también respondieran a necesidades emocionales y relacionales.
Entre los proyectos desarrollados, se encuentran: Rea, una lámpara de pared que responde en tiempo real a los niveles de ruido del entorno. A medida que el espacio se vuelve más ruidoso, la luz cambia de un naranja suave a un azul frío y brillante. Esta transición cromática ofrece un recordatorio visual del volumen ambiental, una señal sutil, no invasiva, que invita a autorregularse de manera no invasiva. Siendo conscientes de ambientes saturado de estímulos, las diseñadoras Samantha Peddy y Sara Durkin propone una relación más consciente con el sonido.

Birdie, un contenedor para composta que utiliza el refuerzo positivo y la gamificación como estrategia para transformar un hábito cotidiano. En lugar de presentar la sostenibilidad como una obligación, Birdie introduce pequeños gestos de recompensa—insignias que se desbloquean con el uso constante—y los convierte en parte de una narrativa doméstica más amable. Su cuerpo cerámico, pensado para estar a la vista, se integra con naturalidad en la cocina. Lo tecnológico, aquí, es también cálido, discreto y fácil de cuidar.

Magnet Mahem, una herramienta lúdica para organizar el refrigerador. Parte del reconocimiento de una realidad compartida: desperdiciamos comida no solo por descuido, sino por la complejidad de habitar con otros. Natasha Joshi y Vidhi Jain convirtieron una tarea doméstica en una dinámica colectiva, usando el juego como mediador. No resuelve el problema con tecnología compleja, sino con una invitación clara y accesible: hacerlo juntos, con menos fricción y más colaboración.

Por último, Ambi, un juguete musical diseñado para fomentar pausas breves y creativas en el día. A través de módulos de madera que se giran para alterar el ritmo, el tono y los efectos de un arpegio, Keon Vafaee propone una interacción que es tanto táctil como sonora. No se trata de producir música como resultado, sino de explorarla como proceso. Su lenguaje es intuitivo, sin pantallas ni instrucciones extensas. Invita al juego sin imponerlo, permitiendo momentos de desconexión activa en medio de la rutina.

Tecnología con Tacto invita a los diseñadores a repensar nuestra relación con lo tecnológico. Nos plantea la posibilidad de usar la tecnología desde un lugar más creativo, expresivo y emocional. Nos recuerda que lo importante no es hacer objetos más ‘inteligentes’, sino más humanos: capaces de enriquecer la experiencia cotidiana, promover el bienestar y cuidar lo que somos.
¿Conoces algún producto que use la tecnología con tacto?
Referencias
- Tracing the Future (2024). Smart homes: philosophical, sociological, and ethical implications of the home.
- @roromuffins (TikTok). Video sobre cultura material y objetos cotidianos.
- Vignelli Center for Design Studies – RIT. The Vignelli Canon.
- Design Museum. What is good design? A quick look at Dieter Rams’ ten principles.














