Antes de que un objeto se vuelva normal

Acabo de leer Diseñando lo cotidiano, de Mª Jesús Godoy y Javier Leñador, un libro que reúne una serie de ensayos, de muy diversos autores, sobre estética.
Para un diseñador industrial, el título puede resultar algo engañoso, pues no se habla de la estética del diseño propiamente dicha, sino de la estética de lo cotidiano, una corriente o categoría estética filosófica relativamente nueva en la que los objetos —y el diseño, lógicamente— están presentes, aunque no de la forma práctica y proyectual que esperaríamos los diseñadores.
A pesar de ello, os lo recomiendo. El libro es bastante digerible. La mayoría de los ensayos están escritos con un lenguaje sencillo y claro, cosa que se agradece, y se estructura en cuatro áreas: arte, objetos, atmósferas y costumbre, en los que se distribuyen doce textos.
Me ha interesado especialmente el ensayo «Atmósferas de lo cotidiano: El diseño “Súper Normal”, de Fukasawa y Morrison», escrito por María del Carmen Molina Barea, profesora de Estética en la Universidad de Córdoba.
De todos, es el que más se aproxima a la idea de una estética específica del diseño industrial, aunque esa idea se queda corta. No el ensayo de Molina, sino más bien la conocida propuesta que expone a través de Jasper Morrison.
Super Normal
En 2006, Jasper Morrison y Naoto Fukasawa reunieron en Tokio 204 objetos cotidianos bajo el nombre Super Normal. Frente a un diseño cada vez más preocupado por destacar, reivindicaban aquellos objetos que, precisamente por estar tan bien integrados en nuestra vida, terminan dejando de llamar nuestra atención. Lo que denominaron objetos Súper Normales: un pelador, un vaso, una silla sin firma. Objetos que no necesitan demostrar que han sido diseñados.
Esta reivindicación de lo cotidiano no era, por otra parte, exclusiva del diseño. Por esos mismos años, la filósofa Yuriko Saito desarrollaba desde la estética filosófica una idea próxima: que nuestras experiencias y juicios estéticos sobre los objetos y situaciones ordinarias forman parte de nuestra experiencia estética tanto como las obras de arte. Una idea que desarrolló en 2007 con la publicación de Everyday Aesthetics. Lo interesante, en el caso de Morrison, es que esa preocupación llegaba al diseño desde el propio oficio.
La idea me interesa mucho. Pero mientras leía el ensayo no podía evitar hacerme una pregunta: ¿por qué tenemos que esperar a que un objeto se vuelva normal para reconocer que está bien resuelto?
El pelador Rex (fabricado por Zena), uno de los objetos seleccionados para la exposición, puede servir como ejemplo. Cuando alguien lo utiliza por primera vez después de haber pelado patatas siempre con un cuchillo, el objeto no desaparece de nuestra atención, como plantea Morrison, sino más bien todo lo contrario. Se hace notar, se compara, demuestra que funciona mejor. Solo después, con el uso repetido, es posible que se convierta en un objeto más de la cocina y, entonces, deja de llamar nuestra atención.
Super Normal describe muy bien ese segundo momento. A mí me interesa el primero, antes del uso.
Llevo tiempo trabajando precisamente sobre esta cuestión en un tratado de estética del diseño industrial. La pregunta que intento responder es qué hace que un objeto sea estético y, sobre todo, bajo qué circunstancias del proyecto puede reconocerse esa condición que he llamado el estado estético.
No se trata de saber si un objeto gustará, si tendrá éxito o si dentro de veinte años seguirá pareciendo un buen objeto. Se trata de algo anterior: de comprobar si el proyecto ha llegado a un punto en el que todas sus decisiones responden a aquello que pretende resolver, sin decisiones arbitrarias, contradicciones o aspectos pendientes.
Eso puede reconocerse antes de fabricar el objeto, no hacen falta trescientos días de uso para saberlo. Y aquí aparece una diferencia que me interesa respecto a Super Normal. Morrison observa qué ocurre con determinados objetos cuando el tiempo los ha incorporado a nuestra vida. Yo intento averiguar qué ocurre antes, cuando el objeto todavía está en el proyecto. Algo que tampoco es nuevo. Aunque no esté descrito de esta manera, el maestro André Ricard lleva 70 años diseñando objetos que podrían denominarse perfectamente Super Normales y que alcanzan esa condición desde el proyecto, sin necesidad de esperar al uso.
Rex y Juicy Salif
La diferencia se hace evidente si enfrentamos dos objetos tan distintos como el pelador Rex y el Juicy Salif de Philippe Starck. Dos objetos aparentemente antagónicos.

El Rex busca la austeridad y la integración. El Juicy Salif, todo lo contrario: busca presencia, emoción y simbolismo. Uno puede acabar desapareciendo en el uso; el otro difícilmente lo hará y, sin embargo, ambos pueden estar perfectamente resueltos.
Eso es lo que me interesa del estado estético: no depende de que un objeto sea discreto o llamativo, sino de que exista una coherencia completa entre aquello que el proyecto pretende y las decisiones que lo construyen.
Morrison y Fukasawa no pretendieron convertir Super Normal en una teoría estética del diseño industrial. Pero su planteamiento abre una puerta interesante: si podemos reconocer determinadas cualidades de un objeto cuando el tiempo lo ha convertido en normal, ¿podemos reconocer también su condición estética antes, cuando todavía lo estamos diseñando?
Y esa es, precisamente, la pregunta que intenta responder mi tratado.















