El objeto que no tiene lugar

Imagen generada con inteligencia artificial (DALL·E, 2026).

¿Qué nos dice el bolso térmico del repartidor sobre las nuevas formas de trabajo?

En cualquier ciudad latinoamericana, a cualquier hora, hay un bolso térmico en movimiento. Sube escaleras, cruza avenidas, espera en las entradas de los edificios. Lo carga alguien que puede ser estudiante, padre de familia, profesional en transición o trabajador de tiempo completo.

Es un objeto banal en apariencia. Un contenedor flexible, aislante, con el logo de una empresa impreso a gran escala. Pero hay algo en su presencia constante —en la forma en que se mueve por la ciudad sin pertenecer a ningún lugar fijo— que merece más atención de la que habitualmente recibe.

Este texto propone leerlo como un condensador de contradicciones culturales, un objeto que materializa en su forma, su función y su circulación las tensiones más profundas del trabajo contemporáneo.

El uniforme sin empresa

El bolso térmico es, ante todo, un objeto de identidad. Las marcas —Rappi, PedidosYa, Uber Eats, DiDi Food— invierten en hacerlo visible. El color, el logo y el tamaño están pensados para que el objeto sea reconocible desde lejos, en movimiento, en cualquier contexto urbano.

Pero hay una paradoja en ese diseño. El bolso funciona como uniforme —identifica, agrupa, hace legible al portador dentro de un sistema— sin que exista una empresa que lo respalde en los términos tradicionales. El repartidor que lo carga no es empleado de la marca cuyo logo exhibe. Es, según el lenguaje de las plataformas, un “socio“, un “colaborador independiente“, un “emprendedor“.

El primer artículo de esta serie señalaba que las categorías profesionales heredadas ya no alcanzan para describir las prácticas contemporáneas. El repartidor es quizás el caso más visible de esa insuficiencia, ya que es alguien cuya actividad es reconocible, cuya presencia en la ciudad es masiva, pero cuyo lugar dentro de las categorías profesionales heredadas todavía no tiene nombre.

Lo que el diseño del objeto revela

Una mirada más atenta al bolso térmico muestra algo que el discurso de las plataformas prefiere no subrayar. El objeto está diseñado para el producto que transporta, no para el cuerpo que lo carga.

Su forma, su peso, su sistema de sujeción responden a la lógica de mantener la temperatura de los alimentos durante el trayecto. La ergonomía del repartidor —la espalda, los hombros, la postura durante horas de trabajo— aparece como una consideración secundaria, cuando aparece. El objeto optimiza la experiencia del cliente, no la del trabajador.

Esa decisión de diseño no es neutral. Lo que importa proteger en ese sistema es el pedido, no la persona que lo lleva. El diseño del objeto es, en ese sentido, una declaración sobre quién cuenta y quién no en la cadena de valor.

No es la primera vez que este objeto llama la atención en di-conexiones. En 2020, Enrique D’Amico lo analizó desde la proyectación y mostró cómo sus decisiones de diseño priorizan el contenido sobre quien lo carga. Su lectura proyectual y este texto cultural leen el mismo objeto desde ángulos distintos y llegan a preguntas parecidas.

El relato y el artefacto

El discurso de las plataformas de delivery habla de libertad, flexibilidad y autonomía. El repartidor es presentado como alguien que elige cuándo trabajar, que gestiona su propio tiempo, que participa de una economía de oportunidades.

El bolso térmico cuenta otra historia. Es un objeto de exposición al clima, al tráfico, a la ciudad en sus condiciones más hostiles. No ofrece protección frente a la lluvia, el frío o el calor extremo. No tiene seguro incorporado. No acumula beneficios sociales con el tiempo. Cada trayecto es una transacción aislada, sin memoria institucional.

El politólogo Nick Srnicek describió este modelo en Capitalismo de plataformas (2017) como una economía diseñada para transferir el costo y el riesgo al trabajador mientras la plataforma captura el valor. Los datos confirman esa distancia. Según el informe de CTS Lab / FLACSO Ecuador para Fairwork (2024), el 94% de los repartidores en Ecuador no cuenta con seguridad social y el 84% no ha tenido un solo día de vacaciones. El bolso térmico circula por la ciudad bajo una promesa de autonomía que las cifras no respaldan. La distancia entre el relato de la plataforma y las condiciones materiales que el objeto revela es, precisamente, cultural: el espacio donde una forma de trabajo se hace aceptable a través del lenguaje mientras el artefacto dice otra cosa.

Una pregunta para el diseño

El segundo artículo de esta serie proponía que la expertise contemporánea ya no reside en acumular información sino en otra cosa más difícil de entrenar: el juicio para leer situaciones que los datos solos no explican.

El bolso térmico plantea esa pregunta con particular urgencia al diseño como disciplina. No porque el objeto esté mal diseñado en términos técnicos —ya que cumple su función con eficiencia— sino porque revela hasta qué punto el diseño puede ser funcional para el sistema mientras resulta indiferente para las personas que lo sostienen.

¿Qué significaría diseñar ese objeto de otra manera? No solo en términos de ergonomía, sino en términos de lo que representa: un sistema de trabajo, una relación de poder, una forma de hacer invisible lo que debería ser visible.

La pregunta queda abierta. Y el bolso sigue moviéndose por la ciudad.

Referencias

Srnicek, Nick. Capitalismo de plataformas. Buenos Aires: Caja Negra, 2018. Ed. original: Platform Capitalism. Polity Press, 2017.

CTS Lab / FLACSO Ecuador para Fairwork. Trabajo en plataformas digitales en Ecuador. 2024.

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