La experiencia como forma de juicio

¿Qué significa ser experto cuando el conocimiento ya no es escaso?

Reconocer a un experto, hasta hace algunos años, parecía relativamente sencillo. Bastaba entrar al despacho de un médico, un profesor, un ingeniero o un abogado para asumir que esa persona sabía algo que la mayoría desconocía ya que su autoridad descansaba sobre un acceso diferencial al conocimiento. Las universidades, las bibliotecas y los laboratorios funcionaban como espacios donde ese conocimiento se producía, se preservaba y se distribuía de manera controlada. En ese modelo, la experiencia profesional estaba estrechamente ligada a la posesión de información especializada.

Hoy ese modelo muestra sus límites con una claridad que hace dos décadas habría parecido improbable.

En 2017, el politólogo Tom Nichols publicó The Death of Expertise, un diagnóstico sobre lo que ocurre cuando el acceso masivo a la información produce, paradójicamente, ciudadanos más resistentes a aprender que a informarse. Su argumento central es que confundir información con conocimiento ha erosionado la confianza en la autoridad experta hasta amenazar el debate democrático. Es una tesis poderosa, pero que describe mejor el síntoma que la transformación de fondo. Nichols no termina de explicar qué debería reemplazar al modelo que se está desmoronando, ni cómo ese desplazamiento afecta a disciplinas que, como el diseño, siempre operaron en la frontera entre el conocimiento especializado y el sentido común cultural.

El caso del diseño gráfico es ilustrativo. Canva nació con el propósito declarado de democratizar el diseño para que cualquier persona pudiera comunicar visualmente sus ideas sin conocimientos técnicos. Con más de 190 millones de usuarios y funciones de inteligencia artificial que generan composiciones completas a partir de una descripción de texto, la plataforma ha cumplido esa promesa ampliamente. Hoy cualquier emprendedor, docente o comunicador puede producir en minutos piezas visuales que hace una década requerían formación específica y software costoso. La pregunta que esto abre no es si el diseño ha muerto, sino qué parte de él permanece irreducible a una plantilla o a un prompt.

Esa pregunta la anticipó, desde otro ángulo, el sociólogo Richard Sennett en El artesano (2008). Su argumento central es que hemos creado una falsa oposición entre pensar y hacer, entre conocimiento abstracto y habilidad incorporada. Lo que Sennett llama la “mano inteligente” es un tipo de saber que emerge del contacto sostenido con materiales, herramientas y problemas reales. El diseñador que reconoce cuándo una solución técnicamente correcta es culturalmente inadecuada, el profesor que ajusta su explicación en tiempo real leyendo a sus estudiantes, el médico que detecta algo en el paciente que ningún algoritmo le señaló. Ese conocimiento no se acumula, sino que se construye, y no se transfiere con una plantilla.

Lo que cambia en este momento no es que los expertos hayan desaparecido ni que cualquier opinión valga lo mismo que años de práctica. La diferencia sigue existiendo. Lo que se desplaza es aquello que la produce. Confundimos durante décadas la experiencia con el acceso privilegiado a la información, asumiendo que quien sabía más era quien poseía más conocimiento. A medida que ese conocimiento se vuelve universalmente accesible, la expertise migra hacia capacidades que los algoritmos replican con dificultad: la de reconocer lo que no es evidente, conectar campos que normalmente no conversan, mantener criterio frente a información contradictoria y formular las preguntas adecuadas cuando las respuestas disponibles no alcanzan.

Este desplazamiento modifica también la educación. Enseñamos durante mucho tiempo como si el objetivo principal fuera transmitir conocimientos difíciles de encontrar. Cuando el acceso deja de ser el problema, enseñar ya no puede significar únicamente entregar información, sino ayudar a desarrollar criterio para navegar un mundo donde la información sobra, pero el sentido escasea.

El diseño, paradójicamente, lleva décadas operando en esa condición. Nunca se limitó a acumular conocimiento especializado sobre un único dominio. Su práctica ha consistido en traducir lenguajes, articular perspectivas distintas y trabajar en los espacios donde convergen tecnología, cultura, economía, materiales y personas. Lo que durante mucho tiempo pareció una limitación del campo —su aparente falta de territorio propio y delimitado— comienza a verse como una condición estructuralmente adecuada para un momento en que conectar conocimientos dispersos vale más que acumularlos.

La autoridad profesional ya no proviene únicamente de saber más que los demás. Proviene de la capacidad para construir sentido allí donde la información, por sí sola, ya no basta.

La pregunta que queda abierta no es cuánto conocimiento posee una persona. Es qué puede hacer con él cuando todos tienen acceso a lo mismo.

Referencias

Kakutani, Michiko. “The Death of Expertise Explores How Ignorance Became a Virtue.” The New York Times, 21 de marzo de 2017.

Nichols, Tom. The Death of Expertise: The Campaign against Established Knowledge and Why It Matters. Oxford: Oxford University Press, 2017.

Sennett, Richard. El artesano. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Barcelona: Anagrama, 2009. Publicado originalmente como The Craftsman. New Haven: Yale University Press, 2008.

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