El tiempo que resiste: cuando la durabilidad se convierte en una forma de belleza

La historia del reloj de pulsera comienza con un gesto de diseño y amistad. En 1904, el aviador brasileño Alberto Santos-Dumont pidió a su amigo Louis Cartier, miembro de una familia de relojeros parisinos, un reloj que pudiera consultar sin soltar los controles del avión. Cartier ideó una pequeña caja con correa de cuero y nació el Santos, el primer reloj de pulsera moderno.
La muñeca, hasta entonces un lugar reservado a las joyas, se transformó en un soporte técnico y visible. En el contexto de la tecnología vestible —los wearables— podría decirse que ocupa el punto más estratégico del cuerpo, donde se cruzan el movimiento, la visibilidad y la función. Si pensáramos el cuerpo como un territorio inmobiliario, la muñeca sería una de sus zonas más valiosas, como la Quinta Avenida del cuerpo.

De la mecánica a la electrónica
Durante gran parte del siglo XX, la relojería fue un territorio de precisión mecánica. La miniaturización de los engranajes, el refinamiento de los materiales y la obsesión por la exactitud definieron su cultura. A finales de los años setenta, la irrupción del cuarzo y los circuitos digitales cambió el rumbo. Los relojes se volvieron electrónicos, más precisos, más asequibles y con nuevas funciones.
Casio, Seiko y Citizen fueron protagonistas de esa transformación. Aparecieron relojes con calculadora, alarma, cronómetro y luz. La fascinación tecnológica invadió la muñeca. En ese contexto, el ingeniero Kikuo Ibe, de Casio Computer Co., rompió accidentalmente su reloj —un regalo de su padre— y convirtió el accidente en una pregunta de diseño: cómo construir un reloj irrompible.
El laboratorio del golpe
El desarrollo del G-Shock fue una epopeya de ingeniería empírica. Ibe formó un pequeño grupo llamado Team Tough. Durante dos años fabricaron más de doscientos prototipos, lanzándolos desde edificios de tres pisos para probar su resistencia.
Una tarde, mientras observaba a unos niños jugando con una pelota de goma, Ibe tuvo la idea clave: crear una estructura con núcleo flotante, donde el módulo del reloj quedara suspendido dentro de una carcasa hueca capaz de absorber los impactos.
Ese principio, combinado con una resina altamente elástica, dio origen al modelo DW-5000C, lanzado en 1983. Su lema técnico fue tan simple como poético: resistir una caída de diez metros, una presión de agua de diez bares y una vida útil de diez años.
El reloj era grande, tosco y distinto. Pero su apariencia comunicaba su propósito. Los primeros usuarios fueron obreros, policías y militares. Luego llegó la cultura urbana, el skate, el hip-hop y el auge de los deportes extremos. Lo que había nacido de la ingeniería se transformó en símbolo.
La resistencia también puede ser una forma de belleza, aquella que sobrevive al uso, al golpe y al tiempo.
Swatch y el color del tiempo
Ese mismo año, en 1983, otra revolución nacía en Suiza. Swatch surgió como respuesta a lo que se conoció como la quartz crisis, una crisis que afectó de manera directa a la industria relojera suiza frente a la expansión de los relojes digitales japoneses de bajo costo. La caída de ventas y el cierre de fábricas pusieron en riesgo la tradición relojera europea.
Los ingenieros Elmar Mock y Jacques Müller desarrollaron un reloj de plástico con solo 51 piezas —menos de la mitad que un reloj mecánico tradicional— integrando el movimiento directamente en la tapa posterior, una solución inspirada en el proyecto Delirium. Los diseñadores Marlyse Schmid y Bernard Müller dieron forma a la estética inicial de la marca: color, ligereza y humor.
Swatch fue el primer reloj diseñado para ser producido bajo demanda, dentro de una lógica de producción pull strategy, en lugar del modelo clásico de push strategy, donde se fabricaban grandes inventarios esperando a ser vendidos. Los primeros doce modelos se lanzaron el 1 de marzo de 1983, aunque el primer lanzamiento fue para el mercado estadounidense, en 1982, que resultó en un fracaso comercial. El éxito llegó meses después gracias a una estrategia de comunicación y a la producción flexible, que permitía renovar las colecciones constantemente. Swatch transformó el reloj en un objeto cultural.
El reloj dejó de ser solo un instrumento de medición para convertirse en un vehículo de identidad colectiva. Mientras Swatch democratizaba el diseño a través del color y la comunicación, G-Shock consolidaba la belleza de lo indestructible.

Del objeto resistente al objeto inteligente
Con la llegada del nuevo milenio y después de la revolución digital de los años noventa, la relojería se bifurcó. Marcas como Suunto y Garmin convirtieron el reloj en un instrumento técnico digital con sensores, brújulas y GPS. Al mismo tiempo, los teléfonos celulares —y luego los móviles inteligentes— trasladaron la lectura del tiempo a la pantalla, visible en la palma de la mano. Durante casi una década, llevar un reloj de pulsera pareció innecesario. Esa aparente desaparición del gesto de mirar la muñeca fue también un cambio cultural. Más tarde, el Apple Watch llevó la transformación al extremo: el reloj dejó de medir el tiempo y comenzó a medir al usuario. El cuerpo se convirtió en interfaz.
Entre esos extremos —la resistencia del G-Shock y la conectividad del smartwatch— surgieron propuestas experimentales que redefinieron la relación entre diseño y tiempo. El diseñador británico Ross Lovegrove creó en 2001 el reloj Hu para Issey Miyake, una forma fluida que integra caja y correa en un solo gesto continuo. El Bradley Watch, diseñado por Hyungsoo Kim en 2013, incorporó esferas magnéticas que permiten leer el tiempo por tacto, un ejemplo de diseño universal, y el diseñador Matthew Waldman, neoyorquino radicado en Tokio y buen amigo, fundó Nooka, una marca que transformó la lectura del tiempo en un lenguaje visual basado en puntos, barras y campos que representan horas y minutos como abstracciones gráficas.
La tipología que resiste al tiempo
En poco más de un siglo, el reloj de pulsera ha pasado de ser una herramienta de aviador a un dispositivo sensorial. Cada etapa resume una visión del diseño que atraviesa la precisión, la durabilidad, la identidad y la conectividad.
En ese recorrido, el G-Shock ocupa un lugar especial. No pertenece al lujo ni a la moda, sino a una ética de la durabilidad consciente, donde la forma comunica propósito y el objeto se defiende del desgaste del tiempo. El 1 de septiembre de 2017, Casio celebró la producción del reloj G-Shock número cien millones. Cuatro décadas después de aquel accidente, aquel reloj sigue recordando que el diseño también puede aprender de la caída.
Muchos productos, aun con historias diferentes, crean tipologías que perduran en el tiempo. En di-conexiones hemos explorado esta condición en sintonía con las reflexiones del historiador británico Adrian Forty (n. 1948) y del filósofo checo-brasileño Vilém Flusser (1920–1991), quienes abordaron la permanencia y transformación de los objetos dentro de la cultura material. Esa persistencia de la forma permite que los objetos mantengan su estructura esencial incluso cuando cambian los materiales, las tecnologías o los contextos. Solo se transforman cuando surgen mutaciones profundas —tecnológicas, económicas o culturales— que modifican las operaciones del diseño. En esas transiciones, el diseño se apoya en la memoria de los objetos para generar nuevas formas y nuevas tipologías.

El reloj de pulsera, en su evolución técnica y simbólica, puede leerse como un territorio de disputa estética. Desde los gestos pioneros de Cartier y Santos-Dumont hasta la imaginación afrofuturista de creadores contemporáneos como el artista visual Osborne Macharia, la forma del tiempo se vuelve también una forma de resistencia. En esa expansión, el diseño se descoloniza al incorporar otras miradas, otras materialidades y otros relatos del cuerpo y la tecnología. ¿Y si la nueva estética del diseño no buscara perfección ni precisión, sino memoria, identidad y futuro?
Más que hablar de decolonizar, quizás sea momento de multiplicar las geografías del diseño. El debate sobre el Sur —ese Global South narrado desde el Norte— no debería centrarse en ‘dar voz’, sino en reconocer que las voces ya existen y que el diseño puede escucharlas sin traducirlas al idioma del centro. El futuro del diseño quizá consista precisamente en aprender a escuchar, no para uniformar, sino para imaginar desde la diferencia.
Referencias
Balfour, Michael. Cult Watches: The World’s Enduring Classics. London: Octopus Publishing Group, 2006.
Burckhardt, Lucius. Design Is Invisible. Basel: Birkhäuser, 1995.
Flusser, Vilém. The Shape of Things: A Philosophy of Design. Translated by Anthony Mathews. London: Reaktion Books, 1999.
Forty, Adrian. Objects of Desire: Design and Society since 1750. London: Thames & Hudson, 1986.
Womack, James P., Daniel T. Jones, and Daniel Roos. The Machine That Changed the World: The Story of Lean Production. New York: Harper Perennial, 1990.













