Narrativas que atraen al diseño: cuando el discurso domina la práctica

Las narrativas han tenido un impacto creciente en el diseño, acompañando el giro hacia el storytelling como herramienta de legitimación y proyección. El investigador británico Nigel Cross sostenía que el diseño no debe entenderse solamente como un proceso de resolución de problemas, sino también como un campo con formas propias de conocimiento, lo que él denominó designerly ways of knowing, que ayudan a construir significados y legitimar prácticas (Cross 2006). Sin embargo, no todos han coincidido con esta visión.
El diseñador e investigador portugués Francisco Providência ha señalado que el diseño genera conocimiento más como una reconfiguración de la conciencia y de la manera en que percibimos el mundo, que como un dominio autónomo o aislado del resto de las disciplinas (Providência 2017). Este debate ha sido explorado desde distintos ángulos y geografías, mostrando que el valor de las narrativas en diseño no es absoluto, sino un campo abierto de interpretación y disputa.
Narrativas como paraguas
Un ejemplo temprano de estas narrativas lo ofrece la sostenibilidad, que se consolidó a finales del siglo XX, especialmente tras el Informe Brundtland de 1987, donde se definió el desarrollo sostenible como aquel que «satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades» (Brundtland 1987, 43). A ello se sumó el Protocolo de Kioto (1997), que buscó comprometer a los países en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Bajo este marco se agruparon esfuerzos previos: el ecodiseño, las etiquetas ecofriendly, los desarrollos en energías renovables. Con el tiempo, la sostenibilidad se convirtió en un espacio fértil para políticas públicas, estrategias corporativas y metodologías académicas. Desde la práctica del diseño, interesa especialmente el uso de nuevos materiales, la reducción de la huella de carbono en los productos y los métodos de análisis que permiten evaluar críticamente el ciclo de vida de los objetos.
De forma paralela, en los años noventa otra narrativa tomó fuerza desde la ciencia: el biomimicry, popularizado por la bióloga estadounidense Janine Benyus en su libro Innovation Inspired by Nature (1997). Allí escribió: «Cuanto más nuestro mundo funcione como el mundo natural, más probable será que perduremos en este hogar que es nuestro, pero no solo nuestro» (Benyus 1997, 2). Su planteamiento buscaba ampliar el marco de referencia de la innovación al incluir la ecología y las ciencias de la naturaleza. En el diseño, sin embargo, la tradición se había articulado bajo el término biónica, más ligado a la ingeniería, con un interés específico en rescatar principios de sistemas biológicos y traducirlos en materiales, estructuras y procesos productivos. La naturaleza, claro, había sido inspiración mucho antes: en los estudios anatómicos y mecánicos de Leonardo da Vinci, en las estructuras livianas de Frei Otto, o en las investigaciones de Yves Coineau y de la arquitecta Biruta Kresling sobre patrones geométricos derivados de organismos vivos. También el diseñador e investigador italiano Carmelo di Bartolo desarrolló una larga trayectoria articulando biología y diseño en proyectos que integran ciencia y práctica proyectual.
Las distinciones entre términos —biomimicry en inglés, biomimética en el ámbito académico en español, biónica en ingeniería y diseño— muestran la diversidad del campo, al que se suman nociones como el biomorfismo o la organicidad formal. Cada una ofrece un modo distinto de acercarse a la naturaleza, y todas funcionan como espacios de expansión narrativa que, si bien generan nuevas perspectivas, no siempre se traducen en propuestas concretas de diseño.
Entre inspiración y metodología
Lo mismo puede decirse del food design, que articula experiencias dispersas alrededor del alimento entendido como producto, proceso y experiencia. No se trata solo de envases o utensilios, sino de considerar el alimento mismo como material, una extensión de nuestra cultura material cotidiana. En 2013, por ejemplo, un artículo en di-conexiones sobre el Sugar Lab en California ilustraba esta perspectiva: de la distribución tradicional del azucar al uso de la impresión 3D, con la aparición de una tipología inédita que expande los límites del diseño. Ese mismo esquema —historia, tecnología y tipologías— puede rastrearse en las narrativas de la sostenibilidad y la biomimética, confirmando que todas operan como grandes marcos de legitimación para proyectos que, en apariencia, pertenecen a universos distintos.
Otros campos también han desplegado narrativas similares. La ergonomía, el social design o incluso la ingeniería electrónica —con el debate sobre la “electrónica como material”, comentado en el artículo Química, electrónica y costura: los cambios en la cultura del estudio— muestran cómo el diseño ha buscado integrar saberes externos que actúan como atractores potentes. El riesgo, claro, es que esos discursos terminan desplazándose hacia la antropología, la ingeniería, la sociología o la semiótica, dejando al diseño en una posición secundaria. Nunca seremos tan buenos como los especialistas de esas disciplinas, pero sí podemos —y debemos— aprovechar sus saberes como insumo para fortalecer el diseño como disciplina proyectual capaz de producir conocimiento propio.

El riesgo de narrar demasiado
Narrativas como la sostenibilidad, la biomimética o el food design integran y capitalizan esfuerzos dispersos bajo un marco común. Nos ofrecen lenguajes poderosos y legitimadores, útiles para conectar diseño con ciencia, industria y cultura. Pero también plantean preguntas difíciles: ¿cómo evitar que estos discursos, ya sólidos en otros campos, hagan ver al diseño como una actividad superficial? ¿Cómo impedir que se usen como coartadas para propuestas sin valor proyectual, sin aportes reales en la forma, en la creación de nuevas tipologías o en el uso pertinente de tecnologías?
En este sentido, la relación entre diseño e investigación resulta clave para mantener validez y autonomía. Han surgido espacios académicos y profesionales donde esto se discute, en especial en Iberoamérica, con la Asociación Iberoamérica Diseña y el Foro Iberoamericano de Investigación y Diseño, cuya tercera edición se celebrará en noviembre próximo. Allí se seguirá interrogando de qué manera el diseño puede sostener su papel como disciplina proyectual frente a narrativas tan absorbentes como estas.
Referencias
Benyus, Janine. 1997. Biomimicry: Innovation Inspired by Nature. New York: HarperCollins.
Brundtland, Gro Harlem. 1987. Our Common Future: Report of the World Commission on Environment and Development. Oxford: Oxford University Press.
Caccavale, Francesca. 2011. “Food Design: Exploring the Design of Edible Artifacts.” The Design Journal 14 (2): 131–145.
Cross, Nigel. 2006. Designerly Ways of Knowing. London: Springer.
Manzini, Ezio, y Carlo Vezzoli. 2002. Product-Service Systems and Sustainability: Opportunities for Sustainable Solutions. Paris: United Nations Environment Programme.
Margolin, Victor, y Sylvia Margolin. 2002. “A ‘Social Model’ of Design: Issues of Practice and Research.” Design Issues 18 (4): 24–30.
Papanek, Victor. 1995. The Green Imperative: Ecology and Ethics in Design and Architecture. London: Thames & Hudson.
Providência, Francisco. 2017. “Design as Reconfiguration of Awareness.” En The Dark Side of Design / The Bright Side of Design, Proceedings of the 10th Conference of the European Academy of Design (EAD10), Sapienza University of Rome, 12–14 April 2017.
United Nations. 1997. Kyoto Protocol to the United Nations Framework Convention on Climate Change. New York: United Nations.














