Diseño & Conflicto: una resignificación de la idea de problema

Podemos afirmar que las disciplinas proyectuales en general, y el Diseño Industrial como campo de enunciación en particular, han erigido una infraestructura ideológico-discursiva que postula la “resolución de problemas” como valor epistémico fundante de su praxis. Este tecno-solucionismo teleológico, arraigado en la cultura disciplinar del problem solving, presupone una transición programática desde circunstancias existentes a circunstancias preferidas, generando una ilusión de superación del conflicto. A contrapelo de este enfoque, nos proponemos revisar críticamente ese paradigma y ensayar un replanteo ontológico de la idea del conflicto en el campo del diseño. Para ello, recuperamos las preguntas centrales de Miguel Benasayag y Angélique Del Rey de su obra Elogio del conflicto:
¿De qué otra manera podemos pensar los términos de un conflicto que no sea dentro de la búsqueda de su superación? ¿Cómo pensar la permanencia del conflicto?
Nos proponemos reflexionar en torno a estas cuestiones mediante una articulación transdisciplinaria y relacional de artefactos conceptuales propios del diseño con marcos filosóficos tales como el pensamiento situacionista, la teoría de sistemas complejos y la fenomenología del objeto. Al mismo tiempo, los pensamientos aquí expuestos emergen de las experiencias de la práctica profesional en el ámbito privado-industrial y la actividad docente en la Universidad Nacional de La Plata, la UNM y la Universidad de Palermo en Buenos Aires, Argentina. Ese será nuestro lugar de enunciación.
A partir de la premisa de Donna Haraway, quien afirma que “importa qué conceptos pensamos para pensar otros conceptos”, exploramos los modos en que los diseñadores nos vinculamos con la idea de conflicto y de qué manera eso puede habilitar o inhibir nuestra propia potencia proyectual.
Si hacemos una breve genealogía de la idea de “problema” en el Diseño, observamos que su concepción ha experimentado una evolución teórica y práctica fundamental, transitando desde una interpretación positivista-moderna hacia enfoques críticos, sistémicos y participativos.
Inicialmente, bajo la influencia del paradigma racionalista de Herbert Simon, el problema era entendido como una condición objetiva, medible y preexistente, que actuaba como punto de partida para un proceso lineal de resolución. El diseño se concebía como una “ciencia de la solución” dirigida a “transformar situaciones existentes en situaciones preferidas”.
Posteriormente, esta visión comenzó a ser cuestionada. Victor Papanek y John Chris Jones, entre otros, introdujeron una crítica social y ética, revelando que los problemas de diseño rara vez son meramente técnicos, sino que están imbricados en contextos sociales y políticos. Esta ruptura se consolidó con el aporte de Rittel y Webber sobre los “problemas perversos”, los cuales se caracterizan por su complejidad, falta de definición clara y la imposibilidad de soluciones definitivas.
En paralelo, Donald Schön enfatizó que los problemas no se presentan como datos objetivos, sino que son construidos por el profesional reflexivo mediante un diálogo continuo con la situación.
A partir de los años noventa, esta perspectiva se consolidó. Autores como Richard Buchanan y Nigel Cross profundizaron en la idea de que el diseño se ocupa de problemas indeterminados, que son co-construidos a través de las habilidades específicas del pensamiento de diseño —como vemos, la idea edulcorada y biensonante del “design thinking” que hoy permea distintas esferas contemporáneas no reviste ninguna novedad—. El foco se desplazó del artefacto a la experiencia del usuario, evolucionando hacia enfoques como el Co-diseño y el Diseño de Sistemas de Servicio, donde los afectados participan activamente en la definición del problema.
Finalmente, corrientes como el Diseño Crítico y Especulativo, impulsadas por Anthony Dunne y Fiona Raby, han llevado esta evolución a su extremo: el diseño ya no busca necesariamente “solucionar” un problema, sino problematizar la realidad, cuestionar supuestos y abrir espacios de discusión sobre futuros posibles.
En síntesis, el “problema” pasó de ser un punto de partida objetivo a una construcción dinámica y contextual. Sin embargo, aún se lo percibe como un obstáculo a superar.
Frente a esto, nos interesa recuperar perspectivas donde el problema no es solo un trámite, sino un espacio para potenciar oportunidades y lo que ya funciona.
En efecto, elegimos pensar al diseño como un sistema de pensamiento estructurado en una inteligencia contextualizada, relacional y humana que pone en juego formas de pensar, estar, sentir y ser en el mundo. Retomando la idea ingoldeana sobre la imposibilidad de separar el ámbito del trabajo con el mundo de la vida, consideramos que una técnica que sirve para diseñar también debería servir para vivir.
Esta filosofía de la acción nos saca por un rato del campo de lo probable, promovido por las nuevas tecnologías de la anticipación, y nos invita a recuperar el terreno de lo posible.
Además, nos lleva a pensar en cómo podrían ser las cosas y a dialogar con nuestros ecosistemas de actuación desde un accionar recursivo que, lejos de interpretar a los conflictos como elementos que se interponen en nuestro camino hacia la solución, producen un aprendizaje emergente que dota de complejidad nuestra propia práctica. En palabras de Yuk Hui (2020):
La recursividad es el movimiento que integra incansablemente la contingencia en su propio funcionamiento para realizar su telos. Al hacerlo, genera una complejidad impenetrable en el transcurso del tiempo. Los organismos exhiben una complejidad de relaciones entre las partes y el todo dentro del cuerpo y con su entorno (por ejemplo, el acoplamiento estructural) en su funcionamiento. La vida también exhibe tal complejidad, ya que espera lo inesperado, y en cada encuentro intenta convertir lo inesperado en un evento que pueda contribuir a su singularidad.
Esta recuperación de lo singular es una invitación a pensar los problemas de manera situada, es decir, desde el anclaje territorial y con los recursos apropiados, que es lo opuesto a la indiferencia —“esa ciencia que se aprende rápido y fácil, ya que basta con no estar en ningún lado”—, como sentencia uno de los personajes del cuento del escritor argentino Tomás Downey.
Diseñar de manera situada implica también cohabitar con un cierto “no saber” inherente a la situación, gestionando el disenso y asumiendo la incertidumbre. Esto no significa que los problemas sean “perversos”; por el contrario, más allá de las paradojas de lo complejo, la naturaleza y el devenir de la vida parecen regirse por esa misma lógica.
Diseñar implica gestionar el disenso. El objeto funciona como campo de fuerzas, significados en tensión, mediador de relaciones humanas y materiales conflictivas. Los diseñadores se vuelven agentes claves para la gestión sociomaterial de los escenarios de diseño. En ese sentido, la jerarquización de perspectivas, la elección u omisión de prestaciones y atributos del objeto diseñado determinan el grado de futurabilidad (Berardi, 2018) de aquello que se diseñó; es decir, esas condiciones situacionales definen la potencia inherente a un proyecto para convertirse en una realidad posible o no.
Justamente, es Reinaldo Leiro quien define a estas omisiones como “olvidos estratégicos” (Leiro, 2006). Consideramos que esa omisión deliberada tensiona la moral de los diseñadores que buscan la “excelencia”. Esa ausencia premeditada que permite que un diseño se concrete adquiere la figura de una batalla perdida y tiene un halo de resignación. ¿De qué está hecho eso que se omite? En ese sentido, cuando investigué en torno a las tensiones entre la cultura del diseño y la emprendedora, concluí en que la raigambre de este choque era meramente cultural. Mientras que la justificación moral del empresario es el riesgo, el diseñador opera desde el pensamiento utópico.
En línea con esto, vale decir que, si bien el diseño estratégico y el imperativo emprendedor permeó en el campo de las disciplinas proyectuales, asimilar sus valores axiológicos implica, necesariamente, un proceso de maduración en la renuncia al ideal.
Resuenan en estas palabras las miradas de Manfred Max-Neef, María Gemma Sánchez, Ezio Manzini, Beatríz Galán, Arturo Escobar y del ya citado Miguel Benasayag, quien sostiene que, a pesar de las innumerables funciones que hoy delegamos —los humanos en general y los diseñadores en particular— a la inteligencia artificial, con su correlato de pérdida de saberes, esta no puede pensar porque se piensa con todo el cuerpo. Lo mismo ocurre con el diseño, ya que, como como afirmara Eugenio Paz, “los diseñadores observamos con los cinco sentidos”.
Creemos entonces que es necesario incorporar, o como le escuché decir a una colega especializada en diseño decolonial, “acuerpar”, nuevas maneras de relacionarnos con los conflictos y de proyectar. Estos modos de relacionarnos orgánicamente con los problemas deben servir para transitar de manera más amena el proceso de diseño, tanto en las instancias de formación como en la práctica profesional. Me interesa pensar al diseñador como usuario de ese proceso y favorecer su experiencia.
En un contexto en el que las identidades diseñísticas de los profesionales y los estudiantes son cada vez más diversas y singulares, generar las condiciones para que los estudiantes problematicen situaciones a partir de una observación crítica de su entorno resulta indispensable.

Parafraseando a Deleuze, definir esa consigna es un proceso crucial, ya que “plantear el problema no es simplemente descubrir, es inventar. Para poder dar una gran respuesta a algo, primero debe existir una gran pregunta que responder”. Y siguiendo con este filósofo, la verdadera libertad no se logra resolviendo problemas planteados por alguien más, sino por la capacidad de plantearse los propios problemas.
También en el ámbito académico resulta imperioso reflexionar acerca de los diferentes problemas que hacen al problema. Cuando se diseña, hay problemas que son parte de la solución. En palabras de Alan Fletcher, “resolver el problema no es el problema”. Es muy común, sobre todo en etapas iniciales de la vida profesional y estudiantil, evadir los conflictos que implica alcanzar una solución deseada.
A veces, por la disponibilidad de recursos, la urgencia por cumplir con una fecha de entrega o, incluso, la comodidad de hacer uso de los recursos que se tienen a mano, se distorsiona la problemática raíz que se está buscando abordar. A modo de ejemplo, veamos la siguiente paradoja: usar siempre el mismo proveedor puede simplificar el proceso productivo y la experiencia del diseñador a la que hacíamos alusión párrafos anteriores, del mismo modo que puede clausurar otras búsquedas y la posibilidad de explorar alternativas. Debemos entonces considerar las representaciones que se establecen de los “problemas” en el ámbito académico, en tanto espacio en el que se “diseñan diseñadores”.
Avanzando hacia el cierre de esta ponencia, creo que las premisas aquí planteadas son necesarias en un mundo en el cual la falta de imaginación nos lleva por atajos automáticos a posicionamientos retroutópicos y apocalípticos.
Es momento de descolonizar nuestros deseos y expectativas, de recuperar algunas de las fricciones que implica vincularse de manera real con el mundo, de re-semantizar la idea de confort y de aceptar autocríticamente que, si desde el campo académico tenemos el tiempo para darnos este debate, es porque hay muchos de los problemas o conflictos inherentes a la vida contemporánea que ya tenemos resueltos. Allí radica un privilegio y una gran responsabilidad.
La necesidad y urgencia de este accionar reflexivo se redobla si nos pensamos desde la Periferia, ya que, tal como advertía Bonsiepe (1985), “lo único que no importan los países del centro a la periferia son los problemas”. Nuestros problemas son nuestros, y, en consecuencia, también nos define la postura que tomamos frente a ellos. Allí, la resignación no es una actitud de diseño.
En efecto, proponemos pensar que el diseño no resuelve problemas, sino más bien que cumple un rol activo en su actualización dentro del campo de la cultura material. El diseño problematiza el entorno, las pautas de comportamiento y los modos de vida. Crea valor y crea valores. Desde una perspectiva sistémica y compleja, es posible pensar que la “solución” opera como una perturbación que genera nuevas inestabilidades en el sistema en el cual un producto se inserta, y del cual también es un emergente. El diseño no diseña soluciones, el diseño diseña problemas, detona nuevas discusiones y configura, en palabras de Manzini, una “política de lo cotidiano”.
Efectivamente, consideramos que el conflicto emerge como un elemento ineludible y constitutivo de la práctica proyectual, que funciona como un organismo dialéctico en el proceso de actualización de la cultura material, y buscamos contribuir con la reconfiguración de la conflictividad como categoría operativa central —superando su mera percepción como obstáculo— para fundamentar modelos pedagógicos y profesionales que asimilen la incertidumbre como condición inherente al devenir material y revelen los aspectos singulares de la propia vida.
Es necesario pensar en clave de tecno-diversidad, de narrativas divergentes y recuperar la tensión utópica de los orígenes del diseño.
Si bien el diseño contemporáneo se proclama hoy más empático, en ocasiones asume de manera tan extrema la perspectiva del otro, que termina por desplazarlo.
Tengamos la humildad de aceptar que a veces el mejor diseño es no diseñar nada o, bien, que no hay que diseñar nada hasta que se demuestre lo contrario.
Referencias
Benasayag, M. & Del Rey, A. (2025). Elogio del conflicto. Prometeo.
Berardi, F. (2018). Futurabilidad: La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad. Caja Negra.
Bonsiepe, G. (1985). El diseño de la periferia. Ediciones CEAL.
Buchanan, R. (1992). Wicked Problems in Design Thinking. Design Issues, 8(2), 5-21.
Cross, N. (2006). Designerly ways of knowing. Springer.
Deleuze, G. (1994). Difference and repetition. Columbia University Press.
Downey, T. (2016). Acá el tiempo es otra cosa. Interzona.
Dunne, A., & Raby, F. (2013). Speculative everything: design, fiction, and social dreaming. The MIT Press.
Fletcher, A. (2001). The art of looking sideways. Phaidon Press.
Haraway, D. (1988). Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.
Hui, Y. (2020). Fragmentar el futuro: Ensayos sobre la tecnodiversidad. Caja Negra Editora.
Jones, J. C. (1992). Design methods. Van Nostrand Reinhold.
Leiro, R. (2006). Diseño, Estrategia y Gestión. Ediciones Infinito.
Manzini, E. (2015). Design, When Everybody Designs: An Introduction to Design for Social Innovation. The MIT Press.
Max-Neef, M. A. (1991). Human Scale Development: Conception, Application and Further Reflections. The Apex Press.
Papanek, V. (1971). Design for the Real World: Human Ecology and Social Change. Pantheon Books.
Paz, E. (2025). [Comunicación personal].
Rittel, H. W. J., & Webber, M. M. (1973). Dilemmas in a General Theory of Planning. Policy Sciences, 4(2), 155–169.
Schön, D. A. (1983). The reflective practitioner: How professionals think in action. Basic Books.
Simon, H. A. (1969). The Sciences of the Artificial. The MIT Press.
Escobar, A. (2018). Designs for the Pluriverse: Radical Interdependence, Autonomy, and the Making of Worlds. Duke University Press.















