Entre la mano y el mundo: la distancia de la herramienta

El psicólogo estadounidense James J. Gibson, uno de los principales referentes de la psicología ecológica de la percepción, acuñó el término affordance para describir aquello que el entorno ofrece, proporciona o hace posible. En sus textos habla de la relación entre el «animal» y su ambiente, una expresión deliberada que incluye a los seres humanos como organismos que perciben y actúan dentro de un entorno. Una affordance, que podemos entender como una posibilidad de acción, no pertenece exclusivamente a las cosas ni a quien las percibe, sino que aparece precisamente en esa relación.
Una superficie horizontal y suficientemente resistente nos permite apoyarnos o caminar sobre ella. Una rama puede permitirnos alcanzar algo. Una piedra que cabe en la mano puede servir para golpear. Esas posibilidades no necesitan haber sido prescritas. Existen en el encuentro entre las características del mundo y las capacidades de nuestro cuerpo. La misma superficie puede ofrecer distintas posibilidades a diferentes personas o animales, dependiendo de sus dimensiones y capacidades.
Años después, el científico cognitivo Donald Norman retomó el concepto de affordance y lo incorporó a las discusiones sobre diseño. Su interpretación puso especial atención en nuestra capacidad para percibir qué acciones son posibles frente a un objeto o una interfaz. Para quienes diseñamos, esta diferencia adquirió una importancia particular. No basta con que algo pueda hacerse. También necesitamos comprender que puede hacerse y cómo hacerlo.
Mucho antes de que existiera el diseño como disciplina o una teoría capaz de explicar estas relaciones, los seres humanos ya reconocíamos posibilidades de acción en las cosas que encontrábamos a nuestro alrededor. Un palo no necesitaba haber sido concebido como herramienta para alcanzar, empujar o remover algo. En algún momento comenzamos también a modificar los objetos que encontrábamos. Tallamos la piedra, afilamos sus bordes, incorporamos mangos. Fuimos transformando materiales para ampliar nuestras posibilidades de acción.
Extender el cuerpo
En su definición más convencional, una herramienta es un objeto elaborado para facilitar una tarea, reducir un esfuerzo o hacer posible aquello que el cuerpo no puede realizar por sí solo. Es una definición útil, vinculada con nuestras capacidades físicas. El martillo prolonga y multiplica la fuerza del brazo. El cuchillo permite separar materiales que los dedos no podrían cortar. Las pinzas aumentan nuestra precisión o nuestro alcance. La aguja concentra la acción de la mano en un punto diminuto. Las herramientas parecen comenzar allí donde terminan las posibilidades inmediatas de nuestro cuerpo.

Su historia podría contarse como una sucesión de esas extensiones. Primero piedra, hueso y madera; después cobre, bronce y hierro; más tarde mecanismos, máquinas y motores. A la fuerza muscular se agregaron otras energías y, con ellas, capacidades que dejaron de guardar una relación evidente con la escala del cuerpo. Más recientemente comenzamos incluso a llamar herramientas a programas y sistemas digitales que ya no amplifican necesariamente nuestra fuerza física, sino nuestra capacidad de calcular, representar, organizar, recordar o decidir.
¿Sigue siendo una herramienta aquello que ya no sostenemos en la mano?
Una herramienta que no cabe en la mano
Hace más de treinta años me encontré con esa pregunta sin formularla exactamente de esa manera. En 1993 presenté en la Universidade Federal de Santa Catarina, en Brasil, una tesis de maestría en Ingeniería de Producto dedicada al análisis ergonómico de los productos de automatización bancaria, con especial atención a la interfaz con las personas. El cajero automático era entonces un objeto que transformaba nuestra relación con los servicios bancarios. Era parte máquina, parte mueble, parte computadora y parte servicio. No resultaba sencillo establecer dónde terminaba el producto y dónde comenzaba el sistema.
Entre las referencias que utilicé estaba un modelo antropocéntrico propuesto por Ken Eason, investigador británico dedicado a la ergonomía y a la relación entre las personas y los sistemas tecnológicos. Eason utilizaba este modelo para estudiar la usabilidad mediante una representación sencilla de ámbitos contenidos unos dentro de otros. En el centro estaba el usuario; alrededor, la tarea; después, la herramienta y, finalmente, el medio ambiente.
Hoy probablemente sustituiría en mi propio vocabulario la palabra «usuario» por persona o gente. «Usuario» define a alguien a partir de su relación funcional con una cosa o sistema. «Persona» devuelve a esa relación todo aquello que existe antes, durante y después del uso. Pero esa diferencia de palabras no altera lo que ahora me interesa del modelo de Eason. Al volver a aquel diagrama, la herramienta deja de aparecer como una cosa autónoma. Hay una persona que intenta realizar una tarea dentro de un determinado ambiente. La herramienta adquiere sentido en esa relación.
El cajero automático complicaba nuestra imagen tradicional de herramienta. No lo llevábamos con nosotros ni lo sosteníamos en la mano. Nos colocábamos frente a él, introducíamos una tarjeta, presionábamos teclas, leíamos una pantalla y esperábamos una respuesta. Aquella máquina nos permitía actuar sobre algo que no estaba físicamente allí. Accedíamos a una cuenta bancaria, modificábamos información almacenada en otro lugar y desencadenábamos una transacción dentro de un sistema invisible. Entre nosotros y aquello sobre lo que actuábamos había aparecido una nueva distancia. Al mismo tiempo, comenzaban a tomar forma problemas de interacción que hoy asociamos con la experiencia de usuario (UX): cómo orientar a las personas dentro de un sistema abstracto mediante referencias del mundo físico, instrucciones y respuestas comprensibles. Hoy realizamos operaciones similares desde nuestros teléfonos y otros dispositivos, con tanta naturalidad que apenas percibimos la complejidad de los sistemas que las hacen posibles.
El espacio entre las cosas y nosotros
Por aquellos mismos años, varios autores abordaban esa relación desde perspectivas diferentes.
El diseñador y teórico Gui Bonsiepe entendía la interfaz como una articulación entre la persona, la tarea y el artefacto. No era simplemente una superficie de contacto, sino aquello que hacía posible la acción. Esta perspectiva adquiría una nueva dimensión con los sistemas digitales, donde las herramientas dejaban de identificarse necesariamente con objetos físicos y comenzaban a manifestarse mediante signos, comandos y representaciones gráficas.
Klaus Krippendorff, uno de los principales impulsores de la semántica de producto, proponía que esta debía ocuparse no solamente de las formas y superficies de los artefactos, sino también de la manera en que las personas los comprendemos y actuamos con ellos. Donald Norman, por su parte, estudiaba los modelos mentales que construimos para entender el funcionamiento de las cosas, modelos que pueden ser parciales, inestables e imprecisos.

El psicólogo francés Pierre Rabardel llevó esa discusión más lejos al distinguir entre artefacto e instrumento. Un objeto diseñado y producido es un artefacto. El instrumento aparece cuando ese artefacto entra en una actividad y alguien desarrolla maneras de utilizarlo. No está completamente contenido en la cosa, sino que surge de la relación entre esta y quien actúa con ella. Una llave inglesa puede haber sido concebida para apretar una tuerca y terminar siendo utilizada para golpear. Las cosas ofrecen ciertas posibilidades, pero las personas descubren, aprenden, adaptan y algunas veces inventan nuevas maneras de actuar con ellas. Rabardel estudia estas apropiaciones para explicar cómo un artefacto puede adquirir nuevas funciones a través del uso.
Así regresamos a Gibson. Las posibilidades de acción aparecen en la relación que establecemos con las cosas.
La distancia de la herramienta
Pero las herramientas tienen otra condición que no siempre resulta evidente. Una herramienta nos permite actuar sobre el mundo y, al hacerlo, se interpone entre nuestro cuerpo y ese mundo. Los cubiertos ofrecen un ejemplo cotidiano de esa mediación. Un tenedor permite sujetar y llevar los alimentos a la boca sin tocarlos directamente con los dedos. No se trata solamente de facilitar una tarea. Los cubiertos establecen una distancia que también responde a hábitos, convenciones culturales y maneras de relacionarnos con los alimentos.

En otros contextos, esa separación adquiere una función distinta. Las tenazas permiten tomar un objeto incandescente porque prolongan la mano, pero también porque la mantienen lejos del fuego. Un guante permite tocar sin establecer contacto directo con la piel. Una pinza de laboratorio permite manipular sustancias que no queremos tener sobre los dedos. Los instrumentos quirúrgicos permiten intervenir sobre el cuerpo con precisión, llegando a lugares donde la mano no puede o no debe entrar. Un manipulador mecánico permite actuar sobre materiales peligrosos desde el otro lado de una barrera.
En todos estos casos, la distancia no es una consecuencia accidental de la herramienta. Es parte de lo que la herramienta hace. Por eso quizá resulte insuficiente pensar las herramientas únicamente como extensiones del cuerpo. Algunas amplían nuestra fuerza, nuestra precisión o nuestros sentidos. Otras aumentan nuestro alcance precisamente para mantenernos separados de aquello que queremos transformar, examinar, retirar, contener o proteger.
Cuanto más complejas se vuelven nuestras herramientas, más difícil puede resultar percibir esa distancia. En el cajero automático todavía tocábamos botones, introducíamos una tarjeta y recibíamos billetes. Había una máquina delante de nosotros. Hoy podemos realizar muchas de esas operaciones tocando unos pocos signos sobre la superficie lisa de un teléfono. La acción permanece, pero buena parte de su materialidad ha desaparecido. La herramienta parece alejarse de la mano al mismo tiempo que aumenta nuestra capacidad de actuar.

¿Qué es realmente una herramienta?
Puede ser una cosa que prolonga el cuerpo. Puede aumentar una capacidad que ya poseemos o proporcionarnos una que no tenemos. Puede mediar entre una intención y una acción. Puede ayudarnos a comprender el mundo o transformarlo. También puede establecer una distancia.
Desde las primeras piedras que alguien tomó del suelo hasta los sistemas invisibles con los que hoy podemos actuar sobre algo que se encuentra a miles de kilómetros, la historia de las herramientas es también la historia de la distancia entre nosotros y las cosas.
Una distancia que algunas veces necesitamos vencer. Y otras, conservar.
Referencias
Béguin, Pascal, and Pierre Rabardel. “Designing for Instrument-Mediated Activity.” Scandinavian Journal of Information Systems 12, no. 1 (2000): 173–190.
Bonsiepe, Gui. Interface: Linguagem Gráfica. T/2/D Textos de Design 1. Florianópolis: LBDI, 1991.
Bonsiepe, Gui. Del objeto a la interfase: Mutaciones del diseño. Buenos Aires: Ediciones Infinito, 1999.
Eason, Ken D. “Towards the Experimental Study of Usability.” Behaviour & Information Technology 3, no. 2 (1984): 133–143.
Gibson, James J. The Ecological Approach to Visual Perception. Boston: Houghton Mifflin, 1979.
Krippendorff, Klaus. “Product Semantics: A Triangulation and Four Design Theories.” In Product Semantics ’89. Helsinki: University of Industrial Arts Helsinki, 1990.
Norman, Donald A. The Psychology of Everyday Things. New York: Basic Books, 1988.
Rabardel, Pierre. Les hommes et les technologies: Approche cognitive des instruments contemporains. Paris: Armand Colin, 1995.
Urbina Polo, Ignacio Manuel. Análise dos aspectos ergonômicos dos produtos de automação bancária com ênfase na interface com usuário. Master’s thesis, Universidade Federal de Santa Catarina, 1993.
















