Diseñar en movimiento

Collage de cultura de diseño. (imagen: Oscar Cuervo, 2026)

¿Qué tipo de diseño necesitamos cuando los sistemas que lo hacen posible cambian más rápido que los marcos que usamos para entenderlos?

Hasta hace no mucho había una cierta comodidad en el ejercicio disciplinar del diseño. Un cliente llegaba con un proyecto, se definía un problema, se desarrollaba una solución que luego se producía. Se podía ver claramente el principio y el fin del proceso.

Sin embargo, dicha comodidad se ha ido transformando, no necesariamente de repente sino por una gradual acumulación.

Este texto revisa cuatro transformaciones que modificaron las condiciones de trabajo del diseño en los últimos quince años. El Agile cambiando la idea de producto terminado. El dropshipping, que separó el objeto de su representación. La inteligencia artificial, que desplazó la ejecución. Y la lógica de tendencias, que sustituyó el criterio cultural por señales de mercado. Ninguna de las cuatro nació en el diseño pero todas lo impactan.

Agile y el fin del objeto terminado

La metodología Agile se originó en el desarrollo de software a principios de los años 2000 como respuesta a los proyectos que fracasaban por exceso de planificación. La idea era avanzar en ciclos cortos, entregando algo funcional y corrigiendo sobre la marcha. El diseño lo adoptó después, y con esa adopción importó, más allá de la metodología, una filosofía de lo inacabado.

Pensemos en cualquier aplicación que usemos a diario. La interfaz de hoy no es la de hace seis meses. Los botones cambiaron de lugar, aparecieron funciones que nadie pidió y desaparecieron otras que alguien usaba. Nada de eso fue un error del proceso; de hecho es el mismo proceso. El MVP, o producto mínimo viable, no es un prototipo que se prueba antes de producir, sino un producto real que sale al mercado para ser corregido con uso real. Jeff Sutherland, uno de los creadores de la metodología Scrum, lo formuló con claridad en Scrum: The Art of Doing Twice the Work in Half the Time (2014): la planificación detallada es un desperdicio porque el mundo cambia antes de que el plan se ejecute.

Eso transforma la relación del diseño con el error, que deja de entenderse como un fracaso para convertirse en dato. Esto tiene algo liberador, pero al mismo tiempo inquietante: ¿Qué pasa con el criterio cuando la validación la hace el mercado y no el diseñador? ¿Quién decide si algo está bien cuando lo único que cuenta es si retiene usuarios?

Dropshipping y la cadena sin cuerpo

El dropshipping es un modelo de comercio digital en el que el vendedor ofrece productos en línea sin tenerlos en inventario. Cuando alguien compra, el pedido va directamente al fabricante o distribuidor, que despacha a nombre del vendedor. Sin bodega, sin inversión inicial, sin contacto físico con el producto. El diseño industrial clásico nunca contempló esa cadena, y su llegada invirtió una lógica que los diseñadores todavía procesamos. Primero se vende y luego se produce, y el objeto nunca pasa por las manos de quien lo comercializa.

Para la muestra basta con abrir Temu o Shein y ver el resultado. Miles de productos fotografiados con la misma luz de estudio, descritos con las mismas palabras optimizadas, disponibles en catálogos idénticos y operados por distintos vendedores. El objeto que llega finalmente a la puerta puede parecerse o no al de la foto. Nadie lo diseñó pensando en cómo se sentiría teniéndolo entre las manos, porque ninguno de los involucrados alguna vez lo vio fabricado.

El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a esto modernidad líquida. Un mundo donde los objetos ya no están pensados para durar sino para circular. En su obra Vida de consumo (2007) argumentaba que la sociedad contemporánea convierte a sus miembros en consumidores antes que en cualquier otra cosa, y que en esa lógica lo que importa no es la relación con el objeto sino la velocidad de su reemplazo. El dropshipping termina siendo la infraestructura perfecta para una sociedad que ya no espera que el objeto dure.

Eso no es solo un modelo de negocio eficiente sino una ruptura entre el objeto y su representación. La cultura material — entendida como los objetos que usamos, que tocamos, que nos acompañan y simbolizan algo para nosotros — se convierten en pura cultura visual. Lo que realmente importa no es cómo está hecho ese objeto sino cómo luce, como se fotografía.

La IA y el criterio que queda expuesto

La inteligencia artificial no ha eliminado al diseñador sino que ha desplazado los procesos de ejecución, dejando expuesto algo muy importante que tenemos los diseñadores pero no resultaba tan obvio: el criterio.

El cambio es visible en cualquier estudio porque lo que antes tomaba una tarde de bocetos hoy puede tomar algunos minutos de prompts, con un resultado que suele ser técnicamente correcto. Veinte opciones de logotipos, quince variaciones de empaques o un moodboard completo. El problema aparece después porque ninguna de esas opciones sabe la esencia que conecta el proyecto con el logotipo, si el empaque responde a las variables de transporte del producto, o si la referencia visual funciona en el contexto cultural donde va a circular. Eso sigue exigiendo a alguien que pueda leer la situación.

El segundo artículo de esta serie proponía que la expertise contemporánea ya no reside en acumular información sino en construir juicio. Asimismo Ignacio Urbina señalaba en estas mismas páginas el riesgo de que las narrativas dominen la práctica del diseño. La IA lleva ese riesgo a otro nivel porque genera resultados tan rápidos que el criterio no alcanza a formarse antes de que se haya considerado realmente una propuesta de diseño. La urgencia de esa advertencia, hace dos años, habría parecido exagerada.

Las tendencias como navegación y como trampa

El mercado usa las tendencias para anticipar demanda mientras que el diseño las adoptó como si fueran la lectura del mundo, una dirección con sentido cultural.

Para ilustrarlo mejor está el color Pantone del año. Cada diciembre se anuncia un color y durante los meses siguientes aparecen empaques, interiores, campañas y colecciones de moda en todo el mundo utilizándolo. Esta situación, presentada como una lectura de la época, funciona al revés ya que el color se vuelve la influencia de la temporada porque una empresa lo anunció y la industria lo adoptó. No describe la cultura del diseño sino la produce.

Diseñar desde tendencias sin leerlas críticamente es producir para una conversación que ya terminó. Quizás lo que se necesita es hacer más visible ese trabajo de lectura que hacen los diseñadores, en lugar de ocultarlo detrás de la tendencia.

El diseño como práctica de lectura

Los tres artículos anteriores de esta serie exploraron el mismo territorio desde ángulos distintos. Las categorías profesionales que ya no describen las prácticas. La autoridad del conocimiento que se desplaza del saber al juzgar. Los objetos cotidianos que revelan contradicciones que el lenguaje prefiere no nombrar.

Las cuatro transformaciones apuntan en la misma dirección porque todas exigen un diseño que sepa leer sistemas en movimiento, y no resolver problemas dentro de sistemas estables.

Esta capacidad no resulta nueva, la disciplina del diseño siempre la ha tenido, aunque durante décadas la subordinó a la producción. El Agile, el dropshipping, la IA y las tendencias no crearon el problema, más bien lo hicieron visible.

La pregunta que abre la siguiente conversación no es cómo sobrevive el diseño a estos cambios sino qué puede hacer con ellos que otras disciplinas no puedan.

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